domingo, 19 de julio de 2009

Dicen que las mujeres prefieren el bingo

Cuando la parroquia de un bar ve entrar a alguno de ellos, se echa las manos a la cabeza consciente de que el chino en cuestión va a llevarse consigo todas las monedas de la tragaperras.

Su atributo más significativo –el del chino, se entiende- es un zurrón al hombro que puede contener el fondo de inversión o la recaudación del día. También se le reconoce porque apenas se acerca a la barra, ni tan siquiera saluda; pide una coca cola o una fanta naranja en la distancia, paga en el acto y se dirige a la máquina sin más dilación.

Por lo general, el chino recurre al comodín de la llamada telefónica después de las dos o tres partidas iniciales. No sabría decirles qué tipo de ayuda solicita ya que, por culpa de la crisis, he olvidado todo el chino que aprendí en la escuela; lo que está claro es que el jugador comenta con su interlocutor el estado de la tragaperras. El jugador no manifiesta síntomas de adicción al juego. Está tranquilo porque, supongo, se sabe ganador desde el principio, porque para él esa máquina no es ningún juego, ninguna apuesta. El hombre controla la máquina y no al revés.

Y en cosa de una hora o menos: ¡voilá! Las monedas empezarán a caer a borbotones por la boca de ese cacharro con lucecitas. El ruido de tanto metal no deja indiferente a nadie y desdibuja los rostros de clientes y camareros que, dicho sea de paso, no han quitado ojo de encima a la tragaperras desde que el sujeto entró en el bar. Como si de un mago se tratase, la gente observa el truco intentando vanamente descubrir en qué momento el jugador saca el as de la manga. Pero nunca hay manera de saberlo, caracoles.

El tío se acaba de llevar la especial y su zurrón parece tan liviano como lo parecía cuando se acercó a pedir la coca cola o la fanta naranja de turno. Como Marie Poppins o los Teletubbies, sus bolsos parecen no tener fondo… Todo un misterio lo de los chinos, ¿no les parece? El individuo se va sin despedirse y sin esbozar siquiera una sonrisa de satisfacción. Más bien se marcha con cierto miedo, consciente de que, cualquier día de estos, los parroquianos del bar le atracarán a la salida.


El jugador español también es fácilmente identificable. Suele empezar con su tarea a media mañana o por la tarde, cuando los clientes escasean en los bares. Generalmente, espera su turno en la barra y, aunque no mira a los ojos del camarero, le dedica una sonrisa. El ludópata español suele ser educado; incluso a veces intenta ser gracioso, aunque rara vez lo consigue porque, supongo, está nervios. Saluda, pide una coca cola, una caña, o un combinado nacional. Como el chino, también paga en el acto, por si las moscas.

-“Dame la vuelta en monedas, por favor”, dice al camarero mientras éste se dirige a la caja.
Recién salido de la obra o en pleno almuerzo, con pantalones de pinzas y corbata o con piercings y tatuajes. Transportistas que detienen su ruta para tomar un inocente refrigerio y no resisten la tentación de tanta lucecita. Abuelos, padres, casados o solteros; homosexuales, sobre todo homosexuales reprimidos. Todos piden cambio en monedas.

Las máquinas tragaperras de hoy en día no hacen ascos a los billetes de diez euros pero ellos siempre empiezan con unas cuantas moneditas; según avanza la sesión, van dejando a un lado los metales y desde la barra puede oírse el ruido de la máquina tragando ya papeles rojos.

De cincuenta o de veinte, siempre vuelven a pedir cambio. Extienden el billete medio avergonzados, medio ansiosos y se dirigen de nuevo a la maquinita antes de que alguien les robe el puesto. A veces van al cajero o al coche y vuelven rápidamente. La primera vez que un ludópata me pidió que desenchufase la máquina para que nadie se acercase a ella mientras él iba a sacar dinero, me asusté y no supe qué hacer. Por suerte, ante la desesperación del ludópata y mi repentina mudez, Raimundo, uno de los clientes habituales de la cervecería, hizo las veces de intermediario:
-“Tranquilo, yo te guardo la máquina”, le dijo Raimundo.

- “No hace falta desenchufarla, sólo tienes que estar pendiente de que nadie juegue. Es normal, ya lo irás viendo, Natalia”, me dijo Raimundo mientras el otro retiraba billetes de cincuenta en su banco más cercano.

A veces se llevan la especial o recuperan parte de lo perdido y entonces vuelven a la barra a descambiar lo cambiado. A diferencia de los chinos, los españoles sí dejan cambio en barra. Otras tantas, se van con los bolsillos vacíos y se despiden con un hasta luego tan sincero como amargo.

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Como suele pasar con las adicciones, también existe todo un negocio detrás de las máquinas tragaperras. Si no, no se explicaría la razón de su existencia, ¿verdad? Mis jefes dicen que quitarían las de la cervecería de no ser porque, hija, suponen un ingreso de dinero considerable (considerabilísimo) y, ya sabes, con esto de la crisis… Qué le vamos a hacer, hija.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo creo que esa llamada que hacen los chinos con el móvil es para manipular las frecuencias electrónicas de la máquina. El móvil no es un móvil normal, es un aparato inhibidor que afecta al normal funcionamiento de la máquina. O eso creo.

Rod.

Alfredo dijo...

Muy buena la entrada. Recuerdo cuando era pequeño y las tragaperras eran lo más atrayente del mundo exterior. No sé si recordais las advertencias visuales contra niños; era un dibujo de un monigote alto junto a otro bajito que aparecía tachado. Inconscientemente pensaba que si crecía en altura me dejarían utilizar la máquina. Después no me hice ludopata, misteriosamente...

nata dijo...

Pues es una teoría nada desdeñable, Rod... un inhibidor de frecuencias, suena bien...

Hablando de móviles, se me olvidó decir que, cuando el teléfono de un ludópata español suena, el ludópata sale a la calle para contestar a fin de que su interlocutor no descubra que está en un bar.

Cuando corta la llamada, abre la puerta y vuelve a la máquina. Es de muy mal gusto mirar al ludópata con cara reprobatoria cuando esto sucede pero muchos clientes y camareros lo hacen. Ya ves, será por malos vicios...

Todo un misterio, Alfredo, todo un misterio. Qué gracioso el dibujito de las advertencias, creo que no lo he visto nunca.