domingo, 31 de mayo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre

No me pregunten cómo ni por qué, caracoles, pero “Más de cien palabras” se ha llevado el tercer premio en la modalidad de relato del Certamen “Jóvenes Artistas de Castilla-La Mancha” de este año y estoy haciendo un verdadero esfuerzo por sobrellevar este asunto con caracolidad, caracoles.

Quizá se pregunten por qué me sirvo de la sección “¿Qué no arreglará la paella de mi madre?” para contarles esto. ¡Si en “Más de cien palabras” hay ensaladas de fantasía, no paellas! Pues muy fácil, caracoles: porque sin ella, ni de coña. Porque también sin el aliento y las exageraciones de Amelia, sin sus arroces, es poco probable que yo hubiese empezado a caracolear algún día, con todo lo que ello supone.

Mi madre conserva en el segundo cajón de su mesita todos los panfletillos en los que yo escribía algo así como eslóganes cuando tenía ocho o nueve años: “yo no soy mejor que tú, lo sé”, recuerdo le decía un punto blanco a un punto negro en una de esas cuartillas. Amarillas y con tachones las más antiguas, en Courier New las más recientes, Amelia guarda todas y cada una de las cartas que le he escrito. Que son muchas, muchísimas.

Yo nunca le dije nada, por eso ignoro si ella supo alguna vez cuántas horas pasaba en el escritorio perpetrando cartas a destinatarios ficticios y cuántas estudiando realmente cuando vivíamos bajo el mismo techo. El caso es que Amelia siempre aprovechaba cualquier ocasión por mínima que fuese para decirme “qué bien escribes, hija”. Fue muy poco antes de que mi sobrina me pidiese ayuda para construirle un mundo mejor a los caracoles que yo le dije por primera vez “mama, no imaginas cuánto disfruto escribiendo”.

Y ahora, dentro de las preguntas de rigor de nuestras conversaciones telefónicas, antes o después del qué has comido o qué vas a comer, me pregunta qué ando escribiendo ahora y siempre acaba con la misma frase: hija, tú no dejes de escribir.

Es como si comiese su paella todos los días o, al menos, los días en que caracoleo o me enredo con cualquier otro texto. Aunque esta semana no les haga una crónica de nuestro viaje en sentido estricto, háganse a la idea de que mi madre cocina todas las mañanas una paella para mí y eso es lo que me da la vida. Sus ganas de verme vivir y animarme a empezar o a seguir cualquier locura o sinsentido, como podría ser Un mundo mejor para los caracoles, son mi punto de apoyo. No me cabe la menor duda de ello, de verdad que no me cabe.

La llamo inmediatamente para decirle eso, para decirle

- Mama, ¿te acuerdas del cuentecico de las dos hermanas?

-Claro que me acuerdo, hija.

-Pues me han dado el tercer premio.

Y su risa nerviosa no la deja hablar durante unos segundos. ¿Ves como no es amor de madre? Hija, tú no dejes de escribir.

Aquí les dejo el relato por si quieren echarle un vistacillo, caracoles: Más de cien palabras

viernes, 29 de mayo de 2009

En primera persona: De cláusulas y contratos

No es la primera vez que disfruto de las dos semanas de prueba que se conceden con la compra de cualquier producto y, ni corta ni perezosa, lo devuelvo llegado el día quince metido en la misma bolsa en la que me fue entregado. Sin ser yo una compradora compulsiva, he sentido la curiosidad y la necesidad momentánea de palpar con mis propias manos mantas eléctricas, lamparitas que funcionan con energía solar y depiladoras indoloras, por ejemplo. Pero esta vez no ha sido tan fácil liberarme de la cosa en cuestión y he llegado a pensar que quizá no esté obrando del todo bien.

Hace dos semanas contraté el servicio de internet que oferta Airtel: Modem USB, 16 meses de permanencia mínima, 40 euros al mes y un giga de almacenamiento. Mientras la dependienta me ponía al día de todas las letras pequeñas del segundo contrato que iba a firmar en mi vida, yo no podía evitar pensarme en mi habitación con horas y horas de navegación por la red. Ya había escuchado lo que quería oír (“tienes quince días de prueba gratis) y todo lo demás me sobraba. No obstante, por decoro, aguardé a que mi interlocutora terminara su intervención fingiendo un interés que no tenía.

Horas después instalaba mi efímero juguete en el ordenador. Lo he pasado pipa estos días, tanto es así que ayer llegué a plantearme seguir con el curso normal del contrato que había firmado hace dos semanas. Por suerte, mi cuenta bancaria me devolvió a la realidad.

No acabo de entender por qué a la dependienta le afectó tanto que fuese a devolver uno de los productos con los que su multimillonaria empresa se está llenando los bolsillos, ¿acaso las dependientas se llevan comisión? ¿Acaso Airtel es un pequeño comercio que podría caer en picado por mi cese de contrato? Y eso que llevaba una buena excusa; no quiero pensar qué hubiese pasado si se me hubiese ocurrido presentarme en la tienda con el modem sin concederle las explicaciones que no exigía el papelajo que firmé.

-Hola, quiero dar de baja mi contrato de internet porque apenas tengo cobertura y mi conexión no es todo lo satisfactoria que me gustaría.

-Pero ya has firmado el contrato

-Sí, pero estoy dentro del período de prueba, ¿verdad?

-Sí, pero… ¿has traído el ratón que te regalamos con el modem?

-Sí, aquí está (contesto sacando una cajita diminuta de la bolsa)

-¿y la almohadilla?

-También (idem)

-¿y la funda para el teclado?

-Por supuesto.

-¿y la caja de la funda?

-Pues no, la caja la tiré. No he llegado a utilizar el teclado que me regalasteis pero la caja de cartón que lo contenía era tan exageradamente grande que la deposité en el contenedor de reciclaje. Porque yo reciclo, ¿y tú?

-Ah, pues si no está la caja…

-(sonrío nerviosa) Estás de broma, ¿verdad?

-No, no… No puedo darte de baja si no me devuelves todo lo que te di hace quince días.

-(Supongo que el teléfono móvil que descansa sobre el mostrador pertenece a la señorita que me atiende en ese momento y acerco el teléfono a mi rostro simulando una conversación) ¡Hola! ¿hay algo de sentido común por ahí?

-Mira, yo no hago las reglas…

-Ya estamos con las reglas… No, mira tú: yo contraté el servicio de internet sin pedirte ningún tipo de complemento y, con todo, te devuelvo los accesorios que me regalaste sin tan siquiera haberlos utilizado. No me puedo creer que por una jodida caja de cartón me vayas a condenar a pagarle 40 euros durante 16 meses a la empresa de la que eres empleada.

-Voy a llamar a la central pero has de saber que las cosas no funcionan así.

-Muy bien, otro día me enseñas cómo funcionan las cosas; ahora tengo prisa.

Salió de la habitacioncita donde guardan teléfonos, modems y accesorios “jodevidas” y me dijo que ya estaba dada de baja. Yo no salí de la tienda muy confiada, así que, una vez lejos de esa harpía, llamé a la atención al cliente de Airtel para confirmar si mi baja se había efectuado realmente.

Parece ser que todo ha salido según lo previsto. Es la duodécima vez que disfruto de las dos semanas de prueba que se conceden con la compra de cualquier producto y, ni corta ni perezosa, lo devuelvo llegado el día quince metido en la misma bolsa en la que me fue entregado.

Yo tampoco hago las reglas, si hay quince días de prueba sin compromiso, hay quince días de prueba. Sí, efectivamente, algunas cosas funcionan así.

martes, 26 de mayo de 2009

Mi Ciudad Real: De vuelta y vuelta



Cada vez que vuelvo a Ciudad Real, me la encuentro más pintada. Siempre hay muchos más grafitis que antes y más frasecitas escritas en todo tipo de paredes y yo no lo puedo negar, lector, es algo que me encanta. Las paredes hablan. Es una lástima que, siguiendo el reflejo del mundo en el que vivimos, sea tan frecuente encontrarse palabras que no dicen nada manchando un muro porque, oiga, las paredes blancas a veces también tienen su encanto. No obstante, afortunadamente, son muchos los aforismos, sentencias o versos que alegran el paseo de cualquiera o invitan a reflexionar, sin más. Son esos pequeños textos en los que existe cierta voluntad comunicativa y que, a mi juicio, lejos de perjudicar, ensanchan el alma.



Después de una temporadita en el silencio, ¿Me estaré volviendo punky? vuelve a Mi Ciudad Real, caracoles. Si quieren seguir leyendo el "articulito" de esta semana, pinchen aquí

lunes, 25 de mayo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

Sri Lanka, ése fue el destino elegido este fin de semana, caracoles. Amelia y yo hemos seguido con interés y desesperación el largo conflicto habido entre los nacionalistas tamiles que han luchado (también sangrientamente) contra el ejército cingalés para conseguir un estado independiente dentro de esa islita tan coqueta, tan mona y tan pobre que es la antigua Ceilán.

Supongo que, como hay tantas guerras, los informadores han de ser selectivos. Por eso, esta guerra que ha durado más de veinticinco años ha ocupado un pequeñísimo papel en la prensa internacional y también por eso casi nunca se habla de guerras en la prensa, porque los encargados de seleccionar la información con la que informar no las consideran carne de noticia.

Eso sí, de los tamiles se ha hablado “mucho” últimamente ya que se han ido acercando a la etapa final del conflicto. Los del bando nacional se fueron creciendo, los otros siguieron disparando pero no había color, aquéllos tenían la despensa cargada. El líder de los tamiles murió en acto de combate y entonces unos declararon la victoria mientras los otros aceptaban, con mucho pesar, la derrota. De principio a fin, una guerra. Con todas las muertes de individuos ajenos a la causa que ello supone.

Ahora lo que sucede es que los cingaleses, los “ganadores”, han proporcionado unas instalaciones a los civiles tamiles para que permanezcan allí mientras el gobierno prepara proceso de reasentamiento de estos ciudadanos y se las apañan para detener a los tigres rebeldes que quedaron por ahí escondidos.

Los ciudadanos tamiles podrán permanecer en dichas instalaciones hasta dos años... En la India, es por todos sabido, las cosas van siempre despacio.

Nosotras llegamos a Vavuniya con la ilusa ilusión de compartir nuestra paella con tamiles y cingaleses. Nuestra idea era comer con la gente del lugar, sin más. Echarnos unos bailes, animar un poco el cotarro y distender en la medida de lo posible el ambiente.

Nada más lejos de la realidad, caracoles. Esas instalaciones no son la granja que pensaba Bruno, el niño que acabó llevando un pijama de rayas en El niño con el pijama de rayas; tampoco son campamentos para refugiados, como dicen ellos. Y qué son esas instalaciones, se preguntará alguno de ustedes. Nosotras teníamos nuestras consistentes sospechas acerca de la naturaleza de aquellos lugares pero también teníamos nuestras dudas. Y es que si utilizo el término “campo de concentración” inevitablemente todos pensaremos en los nazis, coquetearemos con la Ley de Godwin y quién sabe lo que pueda salir de aquí.

Y sin embargo, caracoles, “campo de concentración” es a mi juicio el término más acertado.

Allí no entra nada (ni agua, ni comida, ni personal sanitario) y tampoco puede salir nadie. Las instalaciones están rodeadas de una alambrada que tiene toda la pinta de ser peligrosa y las grietas de las paredes indican que esos lugares albergan mucha más gente de la que deberían. Todo apunta a que la gente está hacinada pero no podemos poner la mano en el fuego.

Amelia y yo tuvimos serias dudas sobre cocinar o no la paella. Los soldados que guardaban la puerta nos dijeron que ni de coña podríamos entrar y que hiciésemos el favor de retirarnos de allí por las buenas: “los refugiados están aturdidos con tanto tráfico de gente”, nos dijeron.

Decidimos dar un paseo por la zona antes de tomar una decisión concreta y fue entonces cuando se nos ocurrió camelarnos a los soldados que por allí soldadeaban con nuestro exquisito arroz mientras algún caracol aprovechaba el despiste para entrar en la instalación y ver qué se cocía allí realmente. ¿granjas? ¿campamentos de refugiados? ¿quizá de concentración? ¿pistas de patinaje sobre hielo? Quién sabe, nos esperábamos cualquier cosa, caracoles.

Como suele suceder, los soldaditos resultaron ser gente bastante maja. Gente con un oficio cualquiera que no se ha molestado en reparar en la absurda causa de sus actos y en sus trágicas consecuencias. Les encantó la paella.

El caracol en cuestión, no lo van a creen, se llamaba Saudade. Trabaja en una organización de ayuda humanitaria y se las apañó muy bien para entrar en la instalación mientras los otros degustaban nuestro arroz.

Fuimos prudentes. Esperamos a que los soldados volviesen a sus puestos, limpiamos la paellera y guardamos los restos para los gatos de mi padre; sólo entonces nos acercamos al punto de encuentro con Saudade.

Se despejaron las dudas. Saudade corroboró nuestras sospechas: ni granjas, ni pistas de patinaje, ni campamentos. Los inquilinos de esas instalaciones viven totalmente hacinados y no tienen ni comida ni agua suficiente. A golpe de vista, Saudade diría que hay un buen número de enfermos de hepatitis, diarrea, infecciones varias y malnutrición. Él no vio cámaras de gas ni nada por el estilo, vio esto que les digo: gente culpable de nada sobremuriendo en condiciones infrahumanas. Gente en cuyos ojos podía verse la tristeza de tantos años sufriendo los verdaderos perjuicios de una guerra. Lo de las instalaciones, es sólo una gota más. Hay que joderse.

Después de hablar con nosotras, Saudade contactó con periodistas de todas partes y hasta habló largo y tendido con representantes del Gobierno indio. Hizo todo lo que pudo pero no fue suficiente. La estancia obligatoria de los civiles tamiles en dichas instalaciones se ha reducido a seis meses en vez de a dos años.

Pero las instalaciones siguen blindadas.

Nosotras regresamos a España con un nudo en el estómago que dificultó la digestión de la paella.

viernes, 22 de mayo de 2009

En primera persona: I can´t believe it

-¿Estás sordo? Te he dicho que a mí no me hables en inglés, imbécil.

- Lolo, tranquilízate, tío. Vete a la oficina, anda, yo me ocupo de él.

- Que no, Jose, que no. Este tío sabe español mejor que tú y que yo, lo que pasa es que quiere tocarme las narices y punto. A ver, dime, ¿qué le pasa a tu ordenador? ¿Tiene un virus, quieres que le hagamos la partición del disco duro, no puedes conectarte al Messenger? Dime, ¿qué?

- Oye, déjalo ya, eh. Dudo mucho que la paciencia de este hombre aguante mucho más y nuestro negocio no está como para ir dejando escapar a los clientes. Estoy hablando en serio, Lolo, pásate dentro, por favor.

- Eres un miserable, Jose. Tú no eres mi amigo. No tienes ni principios ni valores. Claro que, por otro lado, no me sorprende lo más mínimo. Tú sólo venías al Círculo de Bellas Artes para ver si alguna tía se encandilaba de tus aires de bohemio, todo lo demás te importaba una mierda. Me niego a que atendamos a esta persona a no ser que solicite nuestros servicios en español paladino.

- Sorry, excuse my friend, please. He isn’t having a good day, you know? Can I help you?

-¿Qué haces? Oye, estoy hablando muy en serio. No quiero volver a oír ni una sola palabra en ese maldito idioma o te vas a la puta calle.

-¿A la puta calle? Perdona, este negocio es tan tuyo como mío. Además, siento pinchar tu burbuja pero permíteme decirte que la llevas clara si pretendes que el mundo deje de hablar inglés -el idioma universal- sólo porque Carlota se haya ido con un irlandés. Tío, tienes que superarlo de una vez por todas.

-No tienes corazón, Jose. Me voy a casa, mañana hablamos.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La extraña pareja

Entran juntos y colocan sus taburetes uno frente al otro. Existe una exagerada distancia entre ellos que, irremediablemente, se me antoja sospechosa de algo malo. Como se trata de una pareja que rondará los cincuenta me digo que serán cosas de la edad. Ella nunca toma nada, él siempre pide un botellín de agua y una tostada con aceite. Ella me sonríe, él toquetea su móvil. No hablan entre ellos. Termina su tostada, paga la cuenta y se dirige hacia la puerta y sólo entonces ella se levanta de su asiento.

Hasta ayer, estos eran los clientes más raros que he visto pasar por “El tragón”. No se imaginan la de cavilaciones que he hecho sobre la vida de esos dos. Todas mis teorías hacían aguas y no podía quitármelos de la cabeza. Me despistaba la profunda sonrisa de ella y a él siempre le daba las botellas menos frías a modo de reprimenda, por si las moscas. No entendía nada, caracoles.

Suelen llegar a eso de las diez de la mañana pero ayer se retrasaron. Yo ya estaba terminando de montar la terraza y los vi llegar en coche. Ella iba en el asiento del conductor, conduciendo; él, en el del copiloto. Como comprenderán, este último dato no hizo sino avivar aún más mi curiosidad por ese par de dos. Jamás hubiese pensado que esa señora que tan paciente y sonrientemente espera a que su compañero acabe la tostada con aceite, sería la que manejase el volante del auto.

Mi desconcierto duró apenas unos segundos, eso sí. Alcé la vista y todo empezó a encajar: “Autoescuelas Carrasco”. Ahora lo entiendo todo. Con razón ella nunca consume nada, el carnet de conducir le debe estar saliéndo por un ojo de la cara -raro es el día que no aparece por el bar con su profesor de conducción-.

Siempre me esfuerzo por sobrepasar la barrera de la cordialidad con los clientes habituales. Al fin y al cabo, mantenemos una especie de relación y les voy cogiendo cariño. Sin embargo, con esta extraña pareja nunca pude ir más allá de los “buenos días” y el “gracias”. Ayer, como les digo, la historia dio un giro completo.

A esas inusitadas horas de ayer, el bar estaba casi vacío. El ambiente era mucho más relajado y la situación mucho más propicia para hablar –por qué no- del tiempo. Él empezaba a meterle boca a su tostada (ya le había dado unos cuantos sorbos a su agua, fría por primera vez desde que yo lo atiendo) y ella rompió el silencio diciendo que el sol ya empezaba a apretar.

-Yo prefiero el calor al frío. En invierno mis pies parecen cubitos de hielo y apenas puedo andar, ¿sabe?

-Yo es que tengo una estufa de leña. A mí me da igual que haga frío o calor, me adapto a lo que sea.

-Pues hace usted muy bien, oiga.

-Todo tendría que ser como el tiempo. Viene como viene y punto.

- Todos estaríamos bajo las mismas condiciones, no sólo climatológicas. A eso se refiere, ¿no? Pues tiene usted razón.

-Claro que la tengo. Si hace frío, todos con chaqueta. Si hace calor, a sudar la gota gorda.

-Nada de putas en el río, follemos todos si es época de follar y si es cosa de guerras o de hambres, que no se salve ni el Tato. Pues sí, todo tendría que ser como el tiempo.

-Ya te lo he dicho, nena.

Y el hombre se levantó, me dio el importe exacto y salieron del bar. A veces la realidad supera a la ficción, para bien. De un día para otro, un hombre autoritario y su ingenua pero bondadosa señora se convirtieron en un profesor de autoescuela y un caracol. Qué cosas, eh.

lunes, 18 de mayo de 2009

Cantera de prójimos

Menudo mayo, me dice Sonia que le dijo Laura al enterarse de lo de Benedetti. Sonia y Laura son amigas desde la infancia. Sonia y yo somos compañeras de vida y fuimos juntas a la universidad, a Laurita la conocí por Sonia. Ella y yo compartimos piso durante dos años. La mayor parte del tiempo vivimos con Alicia, una amiga de toda la vida con una sensibilidad especial que, por otro lado, no sentirá demasiado la muerte del poeta.

Tanto Mario Benedetti como Antonio Vega me llegaron por Álvaro. Bueno, es que por Álvaro me llegaron tantas cosas que yo no sé. De todos los que nos juntábamos en el descansillo de la residencia de estudiantes, sólo él y yo leíamos poesía (Carlitos era aficionado a la literatura medieval, recuerdo con nostalgia sus citas del Libro del buen amor). Yo apenas leo poesía ahora. A Álvaro se le daba bien la rima, ignoro si sigue con sus versos.

Otto me mandó un sms anoche para contarme lo del uruguayo y yo lo llamé nada más recoger la terraza de “El tragón”. Isabel me mandó un email con este enlace. Llevo días queriendo escribirle un email a Isabel para decirle que vivo en Calatrava, 56. Tercero A. En la habitación de Miri miri. Isabel , Otto y yo también fuimos juntos a la universidad. Isabel es y hace poesía. Tengo ganas de hablar con ella, pero nunca la llamo. Somos algo más que vacantes, pero nunca acabamos de acompañarnos del todo en la vida.

Elisa, mi uruguaya favorita, me ha dejado un mensaje en Facebook. A Elisa no le gusta la poesía pero es toda una patriota y se lamenta de que haya ido a morir una de las pocas figuras que consiguió dirigir la atención hacia el Uruguay. Porque Uruguay, como Teruel, también existe.

Roberto decía que no quería leer a otros poetas para no contagiarse de su estilo, porque quería mantener su sello personal. ¿Seguirá siendo Roberto un poeta de bragueta, como él mismo se hacía llamar? Roberto fue el quinto elemento. El quinto gato, que diría él. Podría decirse que Roberto y yo nos hemos perdido la pista.

En la etapa final del eterno final que hubo entre Alfonso imposible y yo, Mario Benedetti tuvo tanta presencia como Antonio Vega. Yo sólo quería saber si podía contar con él y, bueno, ya saben ustedes cómo acabó la historia. Ni hasta dos ni hasta cuatro, no pude contar él. Ni él, conmigo. Y ahora he quedado con Alfonso agnóstico que, como Laurita, Sonia, Otto, Isabel (quién sabe si Roberto) y yo, ha sentido la gran pérdida.

También ha muerto Benedetti, caracoles. Una verdadera tragedia para la poesía y para la humanidad en general y también una tragedia que me araña personalmente. Estoy jodida y radiante. Jodida porque, aunque lejos, los sentía bien cerca. Radiante, porque se han ido a morir justo cuando yo me ando volviendo a Ciudad Real con el objetivo de desmitificar los lugares. Antonio Vega o Benedetti. Y viceversa. También fueron grandes compañeros de vida durante mi primer Ciudad Real. Nacen, se mueren, se transforman o permanecen y la vida sigue.

A joderse o a radiar, ustedes deciden.

"quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa."


Quizá sin tácticas ni estrategias: joderse y radiar, es lo que toca.

viernes, 15 de mayo de 2009

En primera persona: Tres cosas hay que hacer en la vida

Se dice que no hay literatura femenina sin reflexión de la protagonista frente al espejo. Se dice de la sensibilidad, de las radiografías humanas, los detalles y la fineza en la mirada de todo lo que rodea la historia. Literatura femenina, que no necesariamente literatura por y para mujeres.

Ay, una no puede evitar sentirse presionada cuando se dispone a escribir la historia que le viene rondando la cabeza Todo empezó cuando vinieron a mi mente distintas situaciones en las que un individuo atraviesa un momento crucial. Un antes y un después. Pensé en un cualquiera firmando su primer contrato de trabajo, en otro modificando la ruta habitual que le conduce a la universidad para darle una alegría a la vista pasando por el parque (con el consiguiente añadido de diez minutos más de recorrido). Resumiendo, se me ocurrieron numerosos momentos puntuales y ante todos y cada uno de ellos, llegué a la misma conclusión: Ana, eres una ñoña sin remedio. ¿Tendré un pensamiento femenino? Soy mujer pero, ¿tendré un pensamiento femenino? Todo apunta a que sí y, además, en tanto que pretendo erigirme como escritora, parece que también me acerco a eso que llaman literatura femenina.

Éste es el primer texto literario que escribo y, como les digo, no puedo evitar sentir cómo una enorme etiqueta se me estampa en la frente y reza lo siguiente: “literatura femenina”. Supongo que esta amarga sensación no variaría mucho si me dispusiese a escribir sobre algún acontecimiento histórico o fantástico. Inevitablemente sentiría cómo me voy categorizando según avanzan los renglones: “literatura histórica” me dirían cuando saliesen a la luz Los tejados de la tierra o “literatura fantástica” si se tratase de El señor de las pulseras de tobillo (o tobilleras).

Asumo que en esta vida es necesario posicionarse un poco, ¿para qué quiero yo que cuatro capitalistas desalmados lean los libros que me consagrarán como escritora en un futuro? Para nada. No lo quiero para nada. ¿Será mejor que los lectores vayamos apercibidos sobre lo que podemos encontrarnos entre cubierta y cubierta de un libro? Sí, será mejor.

¡Ya lo he vuelto a hacer! No imaginan cuánto detesto irme por las ramas: yo iba a escribir mi primer relato y acabo escribiendo sobre lo que me sucede cuando voy a escribir mi primer relato… ¡a este paso no empezaré mi primer relato nunca! Y, encima, seguro que toda esta disertación es uno de los puntos clave de la literatura femenina… bueno, bien pensado, al menos esto indicaría que estoy haciendo literatura y, si estoy haciendo literatura, éste es mi primer texto literario. ¡Yuju!

Pero no me siento realizada del todo; los escritores curtidos dicen que cuando escriben alcanzan algo así como un orgasmo intelectual y yo no he sentido nada parecido, ¿qué hago? Bueno, voy a relatar uno de esos momentos de tensión de los que les hablé al principio. Al fin y al cabo, yo quería que mi primer relato girase en torno a ese asunto y no hacerlo sería tirar piedras en contra de mis sueños y desaprovechar mi primer relato no tratando los temas que en él quería tratar. Ahí va, pues:

Desde que se levantó sabía que aquel día marcaría un antes y un después en su vida

¿Y ahora qué? ¿Triste, simpático, superficial, profundo, objetivo…femenino? Quién me manda a mí meterme en estos berenjenales…

Acabada la cita matutina con la higiene corporal, se dispone a regar el poto que su madre le regaló: “Sólo quien sabe cuidar una planta, puede cuidar de sí mismo”, repite refunfuñando mientras recoge la que hasta ayer era la penúltima hoja de la planta en cuestión. Sin saber muy bien por qué, vuelve al baño y pierde la noción del tiempo mirándose al espejo. No está retocando sus cejas, tampoco extrae esos insidiosos puntos negros: está reflexionando. Siempre dice que los mejores consejos que se ha dado a sí misma desde niña han surgido tras un ratito frente al espejo.

Vuelve al salón. El poto está en la mesa que hay al lado de la ventana y encima de la mesa también está el ordenador portátil, encendido. Sólo hay un programa abierto: el procesador de textos. Mientras se sienta en la silla y enciende un cigarro piensa que ya es tarde para tener un hijo; del mundo vegetal, ni hablar y en cuanto al libro, sigue sin poder elegir el detonante que cambiará la vida del personaje que será protagonista del relato que quiere escribir pero no se atreve a empezar.

Se levanta de la silla, emite una serie de ruidosas carcajadas (todo apunta a que sufre algún tipo de ataque cercano a la histeria), introduce el poto, el portátil y el espejo del baño en el mismo saco de basura. Abre la puerta que da a la calle y atraviesa la frontera. Lanza el saco de basura al contenedor verde. No deja de emitir ruidosas carcajadas.

Mi vista alcanza sólo hasta el final de la avenida. Ignoro qué hace después de cruzarla, eso sí, sigo oyendo las carcajadas.


¡Misión cumplida! Al fin he escrito mi primer relato.

martes, 12 de mayo de 2009

Convierte el agua en gas natural

Y al final tuvo que correr cuando la vida dijo “ven”. Tomó el sendero sin saber que se alejaba para no volver. Dulce pero cruel. Le puede pasar a cualquiera, le va a pasar a cualquiera y ahora le ha pasado a él, sin más. Luchó contra gigantes, vivió en una desordenada habitación y pasó tres mil noches (quizá más) con Marga.

Caminos infinitos, Antonio, no lo olvides. Infinitos a tus pies. De la cima al socavón, hay caminos infinitos para encontrar otra luz de cruce, otra señal de bus y recuperar cada uno su razón. Tu desordenada habitación.

Vive la inmortalidad. ¿Sigues amando al tiempo y a su elasticidad? Mágico entender. Sólo el silencio dará las palabras. Palabras. No temas, Antonio. Nunca debiste temer a la inmensidad, somos muchos los que oímos tu voz y los que la seguiremos oyendo. El día más inesperado verás redimidos tus pecados, si es que no te los redimiste ya. Qué bueno que aprendieses en vida a hacer tu hogar en cualquier sitio, ¿no? Hasta en el de tu recreo, que ya es mucho decir.

Ay, si tu supieses cuánta presencia han tenido tus canciones en mi vida, Antonio. Y te mueres sin probar la paella de mi madre, hay que joderse. Me dejaba llevar por ti, ¿sabes? En fin, al menos ya nunca volverá a pasar el otoño por Madrid.

lunes, 11 de mayo de 2009

Chica, una de mero

Si alguien me hubiese dicho que en el algún futuro futurible volvería a trabajar como camarera, me habría atrevido escupirle en la cara: eso no lo digas ni en broma, chaval. Dios, Amelia y mi antiguo jefe fueron testigos de la promesa de no volver a trabajar en hostelería. Pero todo eso lo dije antes de ser un caracol y ahora que vuelvo a abrir coca colas detrás de una barra, me enfrento a la labor de satisfacer a clientes hambrientos, sedientos, maleducados, caraduras, graciosillos, simpáticos, tiquismiquis, buenrolleros y despreciables como si de la aventura más apasionante se tratase.

En realidad lo que yo quería decir cuando dije que nunca más volvería a trabajar en hostelería era que preferiría (y sigo prefiriendo) morir de hambre a volver a ser camarera en “El edén” que, para los empleados, no es ningún paraíso. Créanme. Mi antiguo jefe, Carmelo, es lo que se viene conociendo como un capullo integral sin principios ni inquietud alguna que no esté relacionada con su economía personal. Y es que mi estancia en su bar dejó alguna que otra secuela hoy sin importancia en mi persona y también me generó cierto rechazo para con la hostelería.

Sin embargo, como les digo, llevo una semana volviendo a trabajar como camarera y hasta hoy no me he acordado de Carmelo y de su Edén y tampoco pensé en él mientras dejaba curriculums a diestro y siniestro en todas aquellas empresas que pudiesen facilitarme un empleo temporal a jornada completa que, por motivos tan obvios que no vienen al caso, era mi objetivo más inmediato.

Así que, desde hace una semana, trabajo en la cervecería “El tragón”: ¡Pasen y vean cómo pongo cañas con más espuma que cerveza! Hoy tuvo lugar un acontecimiento que me hizo reflexionar sobre lo que hasta esta mañana pensaba había sido el único buen truquito que mi antiguo jefe me había regalado. Lo único que aprendí de ese impresentable fue que, cuando dos clientes juegan a ver quién es mejor persona y pretenden pagar la misma cuenta, el camarero ha de actuar con más rapidez de la habitual:

-Ésta la pago yo.

-De eso ni hablar, Luis, pago yo.

-Que no, hombre, que pago yo. Chica, ¿cuánto se debe?

-Hay que ver cómo eres. Voy a pagar yo te pongas como te pongas. Toma, anda, cóbrate.

Ante esa conversación que puede llegar a no tener fin, Carmelo decía que el camarero nunca ha de entrar en semejante parafernalia. El camarero ha de coger el primer billete que salga de una billetera o, en el caso de que los dos billetes salgan a la vez, agarrar el billete más pequeño. Nada de gilipolleces, Natalia. No les sigas el juego o te meterás en un buen lío.

Les sorprendería saber la de veces que se repite esa escena en un bar al cabo de un día. Muchas. Muchísimas. Pero la de esta mañana a eso de las doce, se lleva la palma. La de esta mañana ha sido la escena entre las escenas. Me han dado ganas de entregarles dos alitas de pollo a modo de Oscar y todo; con decirles eso, se lo digo todo.

De poco me han servido los sabios consejos de mi antiguo jefe, ay. Eran dos. Uno llevaba un polo amarillo y el otro, una horrorosa camisa de cuadros azules, marrones y blancos. El uno ha sacado un billete de diez; el otro, de veinte. Los dos han echado mano a sus carteras a la vez y, cuando he querido darme cuenta, sendos billetes estaban tendidos en la barra. He cogido el de diez y me he dirigido a la caja. Una voz me ha alertado y he vuelto sobre mis pasos:

- Chica, te estoy hablando a ti.

Era el de cuadros azules, marrones y blancos. En sus ojos he podido leer que bajo ningún concepto estaba dispuesto a consentir que su compañero pagase la cuenta. Su compañero tampoco tenía intención de dar marcha atrás de puertas para fuera. De puertas para dentro, los dos se morían de ganas por que pagase el otro. Y el bar hasta arriba, caracoles.

-Sólo son 2, 20 euros. Si no os importa, me lo cobro de aquí y ya os apañáis vosotros. Ganó o perdió el del polo amarillo, el del billete más pequeño.
Después de pensar en Carmelo pensé en Alemania en general y no en Janet y Katharina en particular. Pensé en lo afortunados que deben ser los camareros germanos, que también tendrán que lidiar con clientes hambrientos, sedientos, maleducados, caraduras, graciosillos, simpáticos, tiquismiquis, buenrolleros y despreciables; pero rara vez rara vez contemplan espectáculos tan patéticos como el que estamos tratando en este post.

En cafeterías, bocaterías y restaurantes cada uno paga lo suyo y sanseacabó. El “yo te invito” no se incluye dentro del manual del decoro y las pruebas de amistad y compañerismo se relegan a otros aspectos que quizá sean igual de miserables que éste, no seré yo quien lo niegue.

-Ésta la pago yo.

-De eso ni hablar, Luis, pago yo

-Que no, hombre, que pago yo. Chica, ¿cuánto se debe?

-Hay que ver cómo eres. Voy a pagar yo te pongas como te pongas. Toma, anda, cóbrate.

Seguro que hay otras premisas dentro del manual del decoro social y de las pruebas de amistad y compañerismo en el código germano que son igual de estúpidas que ésta, ¿no?

En fin , caracoles, y ustedes, ¿qué tipo de clientes son?

domingo, 10 de mayo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?



-¿Por qué Jamaica, Nata?

-Es un decir, mujer.

-No lo entiendo.

-Ha muerto Javier Ortiz, ¿sabes?

-Ah.

-Yo empecé a conocerlo en Público. Me gusta su manera de escribir y de pensar. Debió ser un gran tipo, estoy segura.

-Una lástima pero, dime, ¿qué tiene que ver eso con Jamaica?

-A raíz de su muerte se ha sacado del baúl un artículo que Ortiz escribió para El Mundo. Qué loco, ¿no? Escribió en El Mundo y todo…

-Te escucho.

-El artículo se llama “Sueño con Jamaica”. Toma, léelo. Está debajo del obituario que él mismo escribió para su muerte y que tampoco tiene desperdicio alguno.

"Sueño con Jamaica, y en la Jamaica en la que yo sueño nadie se levanta la voz, y el ruido es sólo algarabía callejera, y los policías no dan miedo, aunque asusten un poco con los ruidosos piropos que lanzan a las muchachas que circulan en bicicleta y a las que el aire levanta sus faldas de mil colores.

Tal vez esa Jamaica en la que estoy soñando no exista. Tal vez esto que os estoy contando sea sólo el fruto de películas y carteles de turismo asomados a los escaparates de las agencias de viaje

Mi Jamaica, esta Jamaica en la que hoy sueño, me vale porque es quimera, porque ocupa el espacio del no-aquí, porque me ayuda a imaginar que podríamos ser otros."


-Qué bonito, Nata. Me ha gustado mucho.

-Es que podríamos ser otros, ¿verdad, mama?

-Sí, hija.

-Quizá la crisis de marras cambie el rumbo de las cosas. Para bien.

-Sí, hija. Quizá.

-Alfredo dice que ve el fin. Dice que de ésta no se escapa ni el Tato y que nos vamos a ir todos a tomar por culo.

-Tú piensa en tu Jamaica, nena. Piensa en nuestras paellas.

-Pues tienes razón.

-Ea, es que no hay más tutía. Las utopías -y hasta las quimeras- sólo sirven para caminar hacia ellas. Rara vez se convierten en realidad real pero, mientras andamos y no andamos en su búsqueda, algo va cambiando, ¿no crees?

-Claro que lo creo. Y si al final es cierto que de ésta no salimos, que al menos nos quede la buena sensación de haber querido construir un mundo mejor para los caracoles, ¿no?

-Exacto. Vamos de camino a esa utopía –habrá quien la llame “quimera”- y mientras andamos y no andamos en su búsqueda, algo va cambiando. Ya te lo he dicho.

-¿Tú crees que lo conseguiremos?

-Tú piensa en Jamaica, nena. Piensa en nuestras paellas.

"Y sueño, y me voy a Jamaica para mejor sentir mi distancia ante lo que veo: calles grises, gente triste. Y sueño con Jamaica para reclamar de mi más alegría, para pensar que todos podemos romper con todo, que somos capaces de no acudir puntuales a las citas, de reírnos de los estudios sociológicos que explican la muerte, de creer que el porvenir que nos espera no está condenado a ser de por vida un tiempo para el llanto.

Jamaica o muerte. Venceremos."

jueves, 7 de mayo de 2009

¿En tu casa o en la mía?

No se lo van a creer, caracoles. Bueno, quizá no les interese demasiado pero, en cualquier caso, se lo voy a contar: he vuelto a Ciudad Real – con casa y todo y con todos los matices que el verbo “volver” merece, ya saben-.

Ya le tenía yo ganas a esta experiencia, no lo puedo negar. No es que desoiga a todos aquellos compañeros de vida que han compartido conmigo la también dolorosa sensación de instalarse de nuevo en un lugar en el que tiempo ha tuvieron cierta rutina. Lo dicen muchos ex Erasmus y ex Séneca. Lo dicen Sabina y Búnbury. Mi madre (que a pesar de sus deliciosas paellas no es valenciana sino gallega), Alicia y Elisa, mi uruguaya favorita. Hasta los ciudadanos del mundo, que en todas partes se acoplan, comentan cuán difícil puede llegar a ser eso de volver a un lugar.

Y yo no los desoigo, insisto. Con toda mi nostalgia y todos mis recuerdos, considero la parte más triste de volver pero, qué quieren que les diga, ni eso me quita las ganas de afrontar este nuevo reto vital. ¿Nuevo? ¿y cuáles fueron los viejos, Nata?
Superado el miedo a los perros, sobrellevando el pánico a cruzar la calle y por fin consciente de que los cambios de estación no son necesariamente perjudiciales para las personas “pusilánimes”, el nuevo objetivo que me acompañará en el día a día de mi segundo Ciudad Real va a ser ése: desmitificar los lugares. Todos y cada uno de ellos.

Ya lo hablamos una vez, ¿se acuerdan? “Uno nunca vuelve, uno siempre va” (aunque no siempre se dé cuenta de ello, claro). Y lo de vivir en un lugar o en otro es tan circunstancial como injusto dependiendo del cristal con el que se mire. Y es que no me cansaré de decir y de pensar que me parece fundamental adoptar una actitud sencillamente consecuente al entorno que nos rodea.

Ahí les va un ejemplo, caracoles: Exceptuando las tres o cuatro horitas de esparcimiento que me concedí en el campamento de refugiados saharauis, mi actitud y yo consideramos poco pertinente explotar la faceta más bohemia de mi personalidad y apenas la hicimos notar. No procedía, estaba claro.

Y ahora me pregunto con más ganas que lágrimas cómo me las voy a apañar para lidiar con esa Nata a la que tanto le cuesta encajar los cambios. Resumiendo, caracoles, vuelvo a mi ciudad universitaria para trabajar en esa frasecita que recorre la sabiduría popular (“mira hacia atrás sólo para tomar impulso) con toda la plenitud que sólo Ciudad Real podría ofrecerme. Y sin que sirva de precedente sepan que digo “Ciudad Real” sin la menor sentimentalidad o cursilería. Simplemente se trata de que, en este lugar cualquiera que es Ciudad Real, tengo material suficiente y variado para mirar hacia atrás y tomar aún más impulso.

O al menos ése es mi nuevo reto vital, caracoles.
Y mientras lo alcanzo, Otto y yo quedamos para beber un calimocho o no quedamos pero, eso sí, seguimos estando en el mismo contacto que hace cinco años, diez meses o dos semanas. Zumbidos en el Messenger o jarritas de vino y coca cola en Living room, tanto da.

lunes, 4 de mayo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

-¡México!

-¿Tú crees? Puede ser peligroso, mi’jita. Si hasta se han agotado las mascarillas.

-He hablado con mis cuates de Cuernavaca y, ¿sabes?, sólo uno de ellos utiliza mascarilla. Los demás dicen que esto del virus no es sino otra de las estrategias de su querido y corrupto presidente para distraer la atención de los ciudadanos.

No mames! pero si ha muerto un montón de gente, Nata.

-Yo te digo lo que me dicen. Y una cosa está clara, aún no se han hecho todas las pruebas pertinentes para saber realmente de qué se trata. Jo, y hay quien habla de pandemia… Hay que joderse, qué ganarán metiéndonos el miedo en el cuerpo.

-Pues ya lo sabes, es lo de siempre. Nos asustan para luego vendernos su seguridad: Ellos nos salvarán del terrorismo. Entras en un aeropuerto y con un sinfín de tediosos y a veces ridículos controles juegan a que tú te sientas más seguro. “Lo tenemos todo bajo control”. Y tú te relajas o, sencillamente, no te das ni cuenta porque no quieres pensar que si alguien quiere asesinar un avión lleno de pasajeros lo podrá hacer a pesar de ese sinfín de tediosos y a veces ridículos controles de seguridad. Porque hay tantas formas de matar como de vivir. Su estrategia es ésa, meterte el miedo en el cuerpo para luego proclamarse héroes de tu seguridad.

- Es lo que te digo, mama. Especialistas en la materia dicen que aún faltan datos para confirmar nada acerca de la gripe porcina; también dicen que a la industria farmacéutica le ha venido que ni pintado el supuesto virus y hay a quien le resulta sospechoso que, el 17 de abril, Obama y Calderón (presidentes de Estados Unidos y México respectivamente) se reunieran; el 23, se anunciase la epidemia y el 24, el G7 declarase ponerse manos a la obra para ayudar a las economías emergentes de todas, todas.

-Ves, en este caso no sabría yo qué decirte. La OMS no está compuesta por cuatro aficionados, hija. Dices que tus amigos mexicanos no usan mascarilla y salen a la calle alegremente, ¿verdad?

-Sí.

-No sé, tú misma lo dijiste entre bromas cuando empezó lo de la gripe: Si lo dicen desde México, habrá que dudar.

-Hey, eso sólo fue una broma, mama. ¡Qué pensarán los caracoles de mí!

-Aunque como te digo una cosa te digo la otra, Nata. “Juanes sin miedo” hay en todas partes, ¿me entiendes? Quiero decir que quizá esa gente que, como tus amigos, hace oídos sordos a las indicaciones oficiales forma parte de ese sector de la población que se limita a llevarle la contraria a todo o a ese otro que vive en el más absoluto relajo, sin preocuparse por nada.


-Puede que tengas razón pero, qué quieres que te diga, mis cuates son gente lista y yo me fío de ellos.

-¿Por encima de los informes de la oficiales?

-Jo, es que también muchos especialistas en la materia han dicho que aún faltan pruebas decisivas para saber de qué se trata.

-Pues habrá que ser precavidos, ¿no?

-No sé, mama, no sé.

- Ándale, nena, vámonos pa Cuerna.

-¡Yuju!

viernes, 1 de mayo de 2009

Y mi mamá también

¿Alguien puede decirme qué se siente cuando uno empieza a madurar? Tranquilos, no les vengo con ningún complejo de Peter Pan ni nada por el estilo. Tengo, como todos, mis cosas de niña (para bien y para mal) pero no me apetece lo más mínimo volver a la tierna infancia, pueden estar seguros de ello: estoy más que encantada con mis veinticuatro, caracoles. No obstante, he de reconocer que hay algo en la maduración que me viene inquietando últimamente.

Les cuento que me tengo por una persona impulsiva a la par que sensata, aunque muy a mi pesar tengo cierta tendencia al destiempo. Esto es, suelo ser impulsiva cuando tengo que ser sensata y viceversa. Con todo, ya hace tiempo que decidí desentenderme de lo de madurar: ¡Yo ya he madurado! Me dije hará cosa de un año. Tengo mucho que aprender, por supuesto, pero en líneas generales ya no estoy tan verde en esto de vivir. Yo creía, yo pensaba…

Y a veces Narciso y yo mirábamos nuestro reflejo en el río y nos preguntábamos si acaso no habíamos tenido la cabeza madura ya desde niños y ni Narciso ni yo queríamos escuchar un no por respuesta. Nosotros dos nacimos maduros, somos los elegidos.

Qué me ha hecho cambiar de opinión, se preguntarán algunos de ustedes. Pues el debate filológico que mi madre y yo nos traemos entre manos. Jamás pensé que una conversación sobre adverbios podría alargarse tanto (¡llevamos casi una semana con el tema!).

Ella me dice que “ya” tengo veinticuatro años a lo que yo respondo señalando su error de percepción sobre mi persona con el contraejemplo a mi juicio acertado: querrás decir que “sólo” tengo veinticuatro años, mama.

Por suerte, aunque mi madre también es una madre, ella es una de esas progenitoras molonas y nunca tarda demasiado en apoyar mis decisiones vitales. Sólo tengo que exponérselas sin pausas ni titubeos. En el momento en que ella percibe que realmente creo en lo que digo, hace todo lo que está en su mano para allanarme el camino. Tendrían que haberla visto cuando le hablaba de la desfilologización antes de marcharme a Alemania, caracoles.

Eso sí, seguimos en tablas en cuanto al “ya” versus “sólo”. Y qué tiene que ver esto que les cuento sobre mi madre con madurar, quizá se pregunten los mismos que se preguntaron por el origen de mis actuales conflictos con la madurez. ¿Se lo cuento? Resulta que he llegado a la conclusión de que ese sentar la cabeza es, como tantas otras cosas, un largo proceso y, como tantas otras cosas, hay que trabajarlo a diario con energía y entusiasmo. Cuestionando todo lo que uno es y todo lo que uno quiere ser, sin olvidarse de nada y partiendo siempre de esa premisa tan básica que a veces tendemos a olvidar: partiendo de sentirse vivo.

Quizá Narciso y yo no estuviésemos tan desencaminados y va a resultar que uno empieza a madurar ya desde la cuna. Es que sencillamente estás hablando de vivir, podría decirme alguno de ustedes. Hombre, es cuestión de matices, le repondría yo. Resulta que en ese proceso que es vivir, cada nivel tiende a ser más complicado en la medida en que cada vez intervienen más factores y atenderlos a todos debidamente puede resultar harto complicado.

En líneas generales, yo ahora me veo en la necesidad de jugar con las directrices y principios que asenté cuando concluí que ya no estaba tan verde en esto del vivir. Ahora que regreso a España y ya o sólo tengo 24 años he de barajar la faceta caracol, los cinco años invertidos en la universidad, las ganas de dejar constancia de mi desencanto para con este sistema tan falsa y maliciosamente construido. Las ganas de intentar cambiarlo. La soledad del individuo y la relativa necesidad de compañía limpia y pura. La armonía y la constante búsqueda de todo aquello que me haga sentir viva. Tengo que barajar todo eso a diario y seguir jugando; con el añadido de que acabo de pasar una pantalla y empiezo en un nivel más, digamos, complicado.

Asenté algunas directrices fundamentales en mi vida, ciertos principios que no siento la necesidad de quebrantar, sino más bien todo lo contrario pero es que ahí no acaba la cosa, caracoles. Tengo que seguir barajando a diario todas esas cartas que les digo sin olvidar que acabo de pasar una pantalla y ahora el nivel es un poquito más peliagudo.

Lo que está claro es que ni el regreso ni el ya o el sólo pueden modificar bruscamente ese proceso porque por algo es un proceso. Porque es paulatino, ¿no creen? Lo suyo será madurar con todo lo que uno tiene, con todo lo que uno es. Yo, por ejemplo, no soy sólo un caracol pero tampoco soy sólo una filóloga (“sólo una filóloga”, me da la risa sólo con pensarlo). Si uno nunca deja de ser consciente de que son muchas las cartas con las que juega, vivir puede ser realmente apasionante, ¿no les parece?


Y aquí se queda uno de esos posts que espero comprender en su totalidad algún día. ¡Disfruten del puente, caracoles!