Mostrando entradas con la etiqueta Las paellas de mi madre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Las paellas de mi madre. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de diciembre de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?



- "Hillary, os damos 511 soldados para Afganistán a cambio de que hagáis entrar en razón a Marruecos con cualquier chantaje". Sucedería así, ¿caracoles?

Mientras mi madre aprende a escanciar el té como es debido y Macaco, muy a mi pesar, se telefonea con su amada Kira Miró, yo les cuento que hemos venido al Aaiún a comernos una paella con Aminetu Haidar.

Aunque aún tenemos demasiados huecos en blanco sobre lo sucedido en el día de ayer y el pueblo saharui sigue siendo un pueblo oprimido, hemos venido a celebrar el regreso y la recuperación del pasaporte retenido.

Amelia me reclama, caracoles. Vamos a empezar a preparar la paella y me ha tocado cortar los ajos, jo. Paella para la esperanza de que la acción de Aminetu marque un nuevo rumbo en la historia del Sáhara.



¡Cómo me gusta Calexico, caracoles!

lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?



Después de esta conferencia, Itziar Ruiz-Giménez y yo acordamos exigir dignidad con una de esas paellas que prepara mi santa madre este fin de semana. Macaco y Amelia tuvieron grandes ideas y, en general, a la gente de Amnistía le gustó lo de “pedir a los Estados que protejan los derechos de los habitantes de asentamientos precarios, que pongan fin a las muertes innecesarias de mujeres por complicaciones en el embarazo y que garanticen que las empresas respetan los derechos de quienes viven en la pobreza” a ritmo de paella.

Era la primera vez que preparábamos una paella con tanta gente y, aunque coordinarse no ha sido nada fácil, me llena de orgullo y satisfacción contarles que ha sido un verdadero placer organizar un arrocito con los de Amnistía. La idea era cocinar una gigantesca paella enfrente de la casa de Moratinos (aprovecharíamos la ocasión para tratar el tema de los recortes en Justicia Internacional, por ejemplo) y repartir raciones por toda la geografía española desde El Caparazón del Caracol, ya saben.

A las nueve de la mañana del domingo ensayamos por última vez la coreografía de “Crece la voz” y acto seguido unos 235 miembros de Amnistía, Macaco, mi madre y yo nos pusimos rumbo al aeropuerto de Socuéllamos. Cuando ya todos abrochamos nuestros cinturones, introduje la llave de contactol, pero el avión no arrancó. Repetí la maniobra. Siguió sin arrancar. Insistí. Volví a insistir.

De repente, noto cómo algo o alguien me da unos golpecitos en el brazo. No se lo van a creer, caracoles: era el ala izquierda del Caparazón del Caracol. Mi cara de poema y yo emitimos un pequeño gritito y, antes de que pudiésemos decir nada, los altavoces se encendieron como por arte de magia y se escuchó esto:

“Vaya por delante que a mí me parece fenomenal todo esto que hacéis con las paellas y demás y no es que no me guste trabajar pero, jo, es que esta tarde... bueno, supongo que ya lo sabréis... ¡es que esta tarde hay Barça-Madrid! Es todo un clásico, oigan , y yo no soy de hierro (principalmente, soy de fibra de vidrio).

Son las 10:30 de la mañana y aún no se sabe qué va a pasar con Cristiano Ronaldo, Messi y Raúl. Como comprenderéis, estoy nerviosísimo y no puedo garantizaros ni una mijita de seguridad. No estoy dispuesto a responder ante las posibles negligencias que, en este estado, pudieran cometer la hélice o el estabilizador horizontal del avión y, por tanto, me veo en la obligación de no despegar. No busquéis intereses personales en mi decisión, lo hago única y exclusivamente por vosotros. Venga, lo dejamos para la semana que viene. No se me enfaden.”

Y eso es todo, amigos. Ni Moratinos ni paella ni baile ni nada de nada. No pudimos exigir la dignidad que merecemos y que merecen todos los que ven vulnerados sus derechos más fundamentales y, por tanto, viven en la más absoluta pobreza:

"Un planteamiento para erradicar la pobreza centrado sólo en el crecimiento económico es insostenible e inútil.

El crecimiento económico es uno de los componentes de toda estrategia contra la pobreza, pero no puede ser el único. Las personas que viven en la pobreza deben poder reclamar sus derechos humanos y ser dueñas de su destino.

Los abusos contra los derechos humanos causan y perpetúan la pobreza. La relación entre las vulneraciones de derechos y la pobreza es evidente. Las violaciones de derechos humanos pueden generar o agravar la pobreza, y a su vez, vivir en la pobreza significa tener más posibilidades de sufrir violaciones de derechos humanos."


Fragmento del Manifiesto de la Campaña "Exige Dingnidad" de Amnistía Internacional.

lunes, 23 de noviembre de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?




Recién llegada de Lanzarote les cuento que paella, lo que se dice “paella”, no ha habido este fin de semana, caracoles. Aminetu Haidar lleva en huelga de hambre una semana para exigir libertad y justicia y ni a mi madre ni a mí nos pareció de recibo preparar un arrocito gigantesco en todas sus narices. Durante el viaje, Amelia y yo buscamos desesperadamente un sustituto a la altura de la paella con el que manifestar nuestro firme apoyo a Aminetu Haidar y a su causa (que también es la nuestra) mientras pasábamos un buen rato. Descartados los malabares y la danza de los cinco ritmos, aterrizamos en el aeropuerto de Lanzarote sin ninguna idea consistente en la cabeza y, por consiguiente, con cierta ansiedad.


-¿Qué vamos a hacer, hija?

-No sé, mama. Maldita sea, debimos haber prestado más atención a Saudade cuando intentaba enseñarnos a tocar “Imagine”.

-Sí, hija, sí. Pero no tenemos tiempo para compadecernos: Cayo Lara está a punto de terminar su entrevista con Aminetu, ¿qué hacemos?

-¿La abrazamos?

-¿y ya está? Mujer, hagamos algo más.

-Uy, ¿quién es ese mozalbete? ¡Macaco! ¿Ése es Macaco, mama?

-Eso parece.

-Ay mama, me encanta Macaco. Creo que me voy a desmayar.

-Nata, tampoco creo que sea el momento más indicado para dejar salir a la grupi que llevas dentro.

-Jo, es que me encanta Macaco.

-Pues creo que viene a dar un concierto para apoyar a Aminetu y denunciar su secuestro.

-¿Sí? ¿Estás pensando lo mismo que yo, mama?

-Sí, yo también creo que con el pelo corto estaría mucho más guapo.

-No, mama, no es eso.

Percusión, coros, flauta travesera, viola... Amelia y yo nos subimos al escenario y acompañamos a la banda durante todo el concierto. Dicen que sonó realmente bien y hasta la Haidar se echó unos bailes. Tendrían que haberla visto en “Seguiremos”, “Mundo roto” o “Todos”.

Les cuento que después del concierto, cuando la gente empezó a gritar “Sáhara y Aminetu Haidar libres” y la populista Rosa Díez se anotaba un tanto en el Congreso Nacional de UpyD, Macaco, Amelia y yo empezamos a trabajar los primeros cimientos de lo que estoy segura será una gran amistad.

Hablamos de nuestras paellas y de Saudade. Le confesamos que, sin su música, nuestros viajes ya no eran lo mismo y él no quiso contarnos si sigue o no con Kira Miró, pero sí nos dijo que le encantaría formar parte de las paellas de mi madre y nosotras, encantadas.

Va a hacer un año de la muerte de Saudade en Palestina, caracoles. Difícilmente “Crece la voz” podrá sustituir la magia de las infinitas versiones de “Imagine” de nuestro gitano, no obstante, tanto mi madre como yo estamos convencidas de que Macaco va a aportar un puñado de cositas buenas a nuestras paellas y nosotras, encantadas.

Y ahora me dispongo a firmar esta carta, ¿se animan? ¡Anímense!

lunes, 16 de noviembre de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?




Aunque podría decirse que el caso Gürtel ya está totalmente interiorizado en la ciudadanía (que ya ha dejado de escandalizarse por este asunto, si es que alguna vez llegó a escandalizarse de verdad), Amelia y yo queríamos compartir una paella con Francisco Camps.

En líneas generales, mi madre estaba deseosa de enfrentarse al reto de preparar un arroz para un valenciano y yo no quería más que mirar a ese hombre a los ojos. Pero no ha habido manera, caracoles. El presidente valenciano estaba muy ocupado este fin de semana. ¿Estaba en la reunión de peperos que se celebraba hoy en Barcelona? No, el President tenía deberes mucho más importantes.

Así que nos quedamos compuestas y sin paella a la vista:

-¿Qué hacemos ahora, mama? Yo tengo ganas de paella, jo.
-Tendremos que tirar del comodín.

Cuando mi madre y yo no sabemos dónde hacer nuestra paella siempre acabamos metiéndonos en camisas católicas o monárquicas. Es algo así como lo que hacen en Telecinco con Belén Esteban para rellenar huecos. Son tres casos igualmente vastos y complejos y, claro, siempre hay algo nuevo que hacer o decir al respecto. ¿Ustedes también se han percatado de que Belén Esteban se está quedando sin nariz?

Como el placer siempre está en nuestros manos y el folletito de la Campaña de Educación Afectiva que organiza la Junta de Extremadura se nos antoja bastante completito en tanto que trata aspectos muy variados (habría que haber asistido a las jornadas para examinar la profundidad, claro), tuvimos a bien preparar una paella para compartirla con todos los que, como nosotras, celebran las mil y una bondades del onanismo y también con los que comparan la masturbación con “fabricar un cohete”. Ya saben, la idea era disfrutar del arroz de mi madre, bailar, cantar y pasar un buen rato a fin de promover el entendimiento o, al menos, la aceptación de ideologías contrarias.

Pero luego encendimos la tele y nos enteramos de lo de Aminatou Haidar, la activista saharaui que ha sido detenida en El Aaiún, la capital del Sáhara Occidental, gracias a un sucio acuerdo entre el Gobierno marroquí y el español que así lo ha permitido. La tienen retenida en Lanzarote y ha declarado que hará huelga de hambre hasta que le permitan volver a su tierra.

Así que nos fuimos a la Marcha por la independencia del Sáhara Occidental a gritar “Sáhara libre ya” con la boca llena de arroz.

Con la boca llena de esa paella que esperemos haga efecto más pronto que tarde: Sáhara libre, ya.

lunes, 28 de septiembre de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

Cuando la crisis y todo su tufillo desaparezcan, mi madre y yo publicaremos nuestro ensayo titulado “Tendrás que hacerlo mejor” (en honor a Deluxe, el grupo favorito de mi madre). En líneas generales, el texto comienza con una serie de regañinas dirigidas al equipo de Gobierno actual y a su principal grupo de oposición, continúa con un listado que recoge los errores más graves que estos personajes han cometido desde que se empezó a hablar de desaceleración y acaba con la exposición de nuestras propuestas. Respecto al último apartado sólo hemos atinado a escribir el epígrafe: “Nosotras lo hubiésemos hecho así” pero aún no sabemos cómo desarrollar el capítulo, ser presidente de un país debe ser complicado, ¿no creen?

Lo publicaremos cuando las aguas hayan vuelto a la calma para así poder unir el lanzamiento de nuestro primer libro con la redacción de nuestra segunda obra proyectada: un ensayo sobre la idiosincrasia del pueblo español centrado en su recurrente tendencia a actuar a posteriori. A buenas horas, mangas verdes. ése será el título de nuestro segundo libro.

Para escribir este nuestro primer ensayo, Amelia y yo hemos tomado como fuente de documentación lo vertido en todo tipo de medios parciales (desde los más rojillos a los más fachas) y en las conversaciones de los bares. Asimismo, durante todo este tiempo, hemos contado con la inestimable ayuda de nuestro círculo de amigos y familiares, especialistas todos ellos en asuntos de cualquier índole.

¿Que qué tiene que ver esto con la paella de mi madre? Se lo cuento ahora mismito.

Sucede que Amelia y yo andábamos un poco atascadas en lo referente a la subida de impuestos, un asunto que bien merece un lugar importante en nuestro ensayo. No acabábamos de descifrar el mensaje de nuestro dialogante presidente y tampoco la postura de Rajoy nos resultaba del todo comprensible. Es lo que tiene la oratoria política, ustedes ya me entienden.

Llamamos a mi amiga Alicia, licenciada en Derecho, funcionaria durante más de un año en distintos departamentos de Hacienda, actual auxiliar de Justicia a la espera de destino definitivo y firme defensora del centro en lo que a política se refiere (¿?).


-Hola, nena, ¿estás ocupada?

-Qué va, estaba repasando la Constitución. Por hacer algo, ya sabes.

-Ah, muy bien. Nada, te llamaba para preguntarte por lo de la subida de impuestos.

-¿Qué queréis saber?

-Alicia, ¿eso es bueno o malo?

-Mujer, es saludable para nuestra economía que los impuestos suban.

-Te escuchamos.

-¿Me escucháis?

-Sí, estoy con mi madre. Tengo el “manos libres” activado.

-Pues eso, los impuestos tienen que ajustarse a la realidad económica y social.

-Alicia, te estás yendo por las ramas...

-No, no voy a ningún sitio, Nata.

-Jo, es que como decían que la subida se aplicaría a las rentas más altas y esas cosas...

-¿No queríais igualdad?

-Alicia...

-Era broma, era broma. Ya sabes que me encanta picaros.

-Ya veo, ya. Entonces, ¿la actual subida de impuestos es de izquierdas o de derechas?

-¿De izquierdas o de derechas? Qué anticuada estás, eso ya no existe. Todo depende de cómo, hacia dónde y para qué se suban. Ya os lo dije, chicas, esto es el centro. Aún faltan algunas pinceladas, pero esto es el centro.

-¿Sí? Pues vaya.

La conversación con Alicia no aportó demasiada luz a nuestro ensayo pero sí avivó las ganas de un buen paellazo. Porque, al final, ni las rentas más altas ni las SICAV de las narices: la peor parte, para el pobrecito labrador, que ya se las ingeniará para entrar o seguir dentro del apasionante mundo de la economía sumergida. Y qué decir de Rajoy...

Así que, paellazo al canto para un Gobierno que nos contenta con alguna que otra medida social razonable, pero no tiene la más mínima intención de trasladar esa perspectiva a la economía. Como dice el chispeante Cayo Lara, el PP y el PSOE parecen el Dúo Dinámico porque “si no la misma música, sí que tienen la misma melodía”.


lunes, 14 de septiembre de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?


- ¿Nos vamos de putas, mama?


- Ay hija, qué cosas me dices.


- Mujer, no te asustes. Nunca se me ocurriría ir de putas contigo. Me refería a que este fin de semana podríamos compartir nuestra paella con las empleadas del sexo.


- ¿Empleadas? Qué poco sabes de la vida, Nata. Si están todas obligadas, explotadas, maltratadas, chantajeadas... ¿Acaso no has oído hablar de la trata de blancas?


- Sí, ya sé que hay todo un sucio y peligroso negocio detrás de la prostitución pero también me consta que hay un porcentaje, por mínimo que sea, de personas que trabajan con su cuerpo en pleno ejercicio de su libertad. Lo hacen porque sí o por motivos varios y también porque, como apuntan todas ellas, mientras haya hombres, habrá putas.


- ¿Y las mujeres? ¿Pagarán por sexo las mujeres?


- Pues claro que sí, mama.


- Nena, tú no hagas eso.


- Para tu tranquilidad te diré que nunca lo he hecho y dudo mucho que alguna vez lo haga. Eso sí, después de mucho pensarlo, te cuento que no veo nada malo en el hecho de que una persona pague a cambio de tener relaciones sexuales con otra persona dispuesta, sin coacción alguna, a ofrecer dichos servicios.


- Eso es una guarrada, Nata.


- Qué va a ser una guarrada, mama. Es sexo.


- Entonces, ¿crees que se debería legalizar la prostitución?


- Mira, yo no sé.


- Es un asunto complicado, ¿verdad?


- Pues sí. Por lo visto, en Holanda la situación ha empeorado desde que se legalizaron los burdeles ya que el tráfico de mujeres ha aumentado considerablemente desde entonces y en Suecia, han optado por multar a los clientes. Piensan que si logran acabar con la demanda, se terminará la oferta.


- Anda, mira, pues a mí lo de los suecos no me parece tan mal.


- Que no, mama, que no. Que ese tipo de demanda va a existir siempre y no hay nada inmoral en ello, no te engañes. ¡Libera tu mente!


- Sé sincera, ¿no te parece algo denigrante para la mujer?


- No sé tú, pero yo soy consiciente de que, en el día, prostituyo cachitos de mi persona mucho más valiosos que mi cuerpo a cambio de nada o de muy poco. ¿Denigrante? Supongo que habrá clientes que hagan lo propio para que la prostituta en cuestión se sienta denigrada pero también pienso que, como todo, será una cuestión de actitud.


- Bueno, pues, dime cuál es tu propuesta.


- Jo, es que es un asunto complicado. Según los políticos, lo más urgente es acabar con la explotación y todo apunta a que se trata más bien de un asunto de política exterior que interior. Es decir, se trata de un problema que debería solucionarse en los países de origen de las mujeres traficadas.


- ¿Según los políticos?


- Sí, bueno, yo también considero que la trata de blancas es un problemade primerísima urgencia y sería genial que, ahora que el tema de la prostitución ha vuelto a salir a la palestra, se tomaran medidas efectivas contra este grave delito de una vez por todas. Pero no es menos cierto que ya va siendo hora de que la sociedad asuma sin poner el grito en el cielo que hay quien demanda sexo a cambio de dinero y también hay quien lo ofrece sin que por ello ninguna de las partes vea menoscabada su dignidad. Es sexo, ni más ni menos.


- No acabas de convencerme, Nata. El sexo es el fruto del amor entre dos personas.


- Sí, bueno, ésa es otra modalidad.


- Mira, hija, prometo reflexionar sobre todo esto que me dices pero, de momento, creo que se me han quitado las ganas de hacer una paella.


- Tú misma, mama. Piénsalo, pero piénsalo bien. Luego me dices qué medidas se te ocurren para acabar con el vacío legal que existe en España respecto a la prostitución en general. Eso sí, te advierto que me decepcionaría enormemente que llegases a conclusiones similares a las del gobierno sueco.

Y ustedes, caracoles, ¿qué dicen al respecto?

--

Durante la redacción de este post, el corrector de Word ha tenido a bien subrayar en rojo las palabras “puta”, “prostituta” y “prostitución”.

En el caso de “puta” Word me invitaba a utilizar palabras alternativas como “puga” o “pauta”. Para las otras dos no había sugerencias.

lunes, 10 de agosto de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

“Si hay una fecha que recuerda que Italia ha sido un país de emigración es la de ayer. El 8 de agosto de 1956 morían en una mina del pueblo belga de Marcinelle 262 trabajadores, entre ellos 136 italianos. Y ayer, mientras el presidente de la Cámara de los Diputados, Gianfranco Fini, rememoraba en Bélgica la mayor tragedia de la emigración italiana tras la II Guerra Mundial, en Italia entraba en vigor el delito de inmigración clandestina.”

Lamentable coincidencia, ¿verdad? Lo leí en este artículo de El País


Me da no sé qué contarles, pero creo que ha llegado el momento de que ustedes también sepan que Amelia y yo no sólo alojamos bondad y amor en nuestros corazoncitos. A veces perdemos la fe en nuestras paellas y a veces es tanta la rabia que sentimos, que el arroz nos sabe a todo menos a arroz, ¿se imaginan? Así es, caracoles, un arroz que no sabe a arroz.

Cuando esto pasa, mi madre y yo tenemos que hacer un gran esfuerzo para transformar la indignación en buen rollito y montarnos en El caparazón del caracol convencidas de que siempre será mejor hacer una paella que no hacerla. Y lo mejor de todo es que, por lo general, solemos volver a casa medianamente satisfechas, convencidas de que el efecto del arroz de Amelia es a largo plazo ya que actúa en lo más profundo del alma de cada comensal y eso tarda es destilar, es normal.

Sin embargo, como les digo, a veces perdemos la fe y no hay paella que valga para calmar nuestra rabia y es por eso que se nos ha ocurrido incluir una cláusula en el ritual de arroz de fin de semana.

Ambas hemos coincidido en tomar siempre como primera opción la tradicional paella, con el componente fraternal y festivo que ello supone. Nos hemos comprometido a hacer todo lo posible por buscar y encontrar el yin o el yang que nos haga creer que esa paella en potencia supondrá un paso más en la construcción de un mundo mejor para los caracoles.

Ahora bien, si a partir de ahora Amelia y yo no llegamos a dar con el yin o el yang en cuestión y nuestros propios argumentos logran convencernos, podremos optar por el paellazo en vez de por la paella. Vaya por delante que somos personas pacíficas y, por lo tanto, bajo ningún concepto el paellazo podrá incurrir en la violencia. El paellazo será siempre una inofensiva chiquillada porque, en el fondo, mi madre y yo no somos más que unas chiquillas.

Así las cosas, sin más dilación les cuento que, este fin de semana, Amelia y yo hemos vuelto a la Italia en la que conocimos a Saudade con la esperanza de encontrar, siquiera en el último momento, el ying o el yang que nos hiciese creer que una paella ahí supondría un paso más en la construcción de un mundo mejor para los caracoles. Sin embargo, el olor a mierda y a fascismo era tan intenso y sobrecogedor, que dejamos de buscar un yang o un yin: ¡Marchando una de paellazo!

Sobrevolamos a ras del paquete de seguridad con todas sus patrullas ciudadanas, sus multas de entre 5.000 y 10.000 euros para los individuos sin papeles y demás complementos; abrimos la puerta principal del Caparazón del caracol y lanzamos una tonelada de arroz chamuscado encima del tal paquete.

Y por si no lo leyeron al principio, se lo vuelvo a copiar, caracoles:


“Si hay una fecha que recuerda que Italia ha sido un país de emigración es la de ayer. El 8 de agosto de 1956 morían en una mina del pueblo belga de Marcinelle 262 trabajadores, entre ellos 136 italianos. Y ayer, mientras el presidente de la Cámara de los Diputados, Gianfranco Fini, rememoraba en Bélgica la mayor tragedia de la emigración italiana tras la II Guerra Mundial, en Italia entraba en vigor el delito de inmigración clandestina.”

Lamentable coincidencia, ¿verdad? Lo leí en este artículo de El País

lunes, 27 de julio de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

Lo dijo Rita Barberá clamando al cielo y al sentido común: “todos los políticos reciben regalos” y, pese a ello, hay quien sigue empeñado en concebir este hecho tan cotidiano como algo anómalo y perjudicial. No quiero pensar de qué se compone el alma de todo aquel que piensa que la finalidad de esos detallitos es otra que arrancar una sonrisa de oreja a oreja a nuestros esforzados gobernantes. Malpensados, que sois todos unos malpensados.

Trajes a medida, bolsos, latas de conservas, yates… ¿acaso los periodistas están canalizando el varapalo que actualmente sufre su oficio sacando a la luz semejante información a todas luces irrelevante y acabando, además, con el halo de intimidad que envuelve a todo buen regalo? Yo no lo descartaría, caracoles.

¿Saben cuál ha sido una de las consecuencias de tanta desconfianza? Agárrense a sus asientos: Zapatero no ha aceptado nuestra paella por miedo al qué dirán.

Miren que a Amelia y a mí no nos gusta mezclar nuestros arroces con Meninas, no obstante, esta vez quisimos hacer una excepción porque creímos que el diálogo social de marras así lo merecía; así que, a eso de las once la mañaña del sábado, llamamos a Zapatero para concretar hora y lugar y ahí fue cuando nos dijo que lo había pensado mejor. Confesó que llegaría a concederle la independencia al País Vasco a cambio de un plato de paella de mi madre, sin embargo, no podía arriesgarse a que algún malintencionado periodista y/o pepero otorgase a nuestra comilona alguna turbulenta intención más allá del deseo de pasar un buen rato y liberar tensiones.

Amelia y yo estamos consternadas y no queremos hacer más declaraciones al respecto. Es la primera vez que se ponen en duda nuestras nobles intenciones y eso, como comprenderán ustedes, pica y escuece al mismo tiempo.

Así que no, caracoles, no comimos paella este fin de semana. Una verdadera lástima.

lunes, 29 de junio de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

-Estás como ausente, Nata. ¿Te pasa algo?

-Ando sin tiempo para nada y estoy muy cansada. Los pies me duelen a rabiar.

-¿Y eso?

-No, nada. En disconformidad a lo acordado, esta semana tengo que recuperar los días que no trabajé la semana pasada. Por lo del curso, ya sabes.

-Ah, sí, por lo del curso.

-Sí, por lo del curso.

-Pues vaya… Pero sigues siendo feliz, ¿verdad?

-¡Anda! Pues claro que sigo siendo feliz. Eso no me lo quita nadie, mama.

-¿Cómo?

-Digo que la felicidad, como es interior, no me la quita nadie.

- Muy bien, hija, me alegro por ti. Yo también estoy muy contenta, ¿sabes? Bueno, ¿dónde hacemos la paella este fin de semana?

-Hace días que vengo dándole vueltas a una idea, ¿te la cuento?

-Dispara

-¡Mama!

- Perdona, mujer, es una forma de hablar. No me refería a que usases un arma ni a nada por el estilo… (Una cosa es pretender construir Un mundo mejor para los caracoles y otra muy distinta es revolucionar el inventario de modismos).

-¿Qué has dicho?

-Nada, era un paréntesis.

-Ah, vale. Bueno, seguimos: como ya sabes, en todos los destinos que hemos elegido para nuestras paellas ha existido siempre un punto de conexión o semejanza entre la situación de la población autóctona del lugar y nosotras…

-Más o menos, hija; me atrevería a decir que ha habido más menos que más, aunque creo que sé por dónde van tus tiros. Continúa.

-¡Mama! Lo has vuelto a hacer…

-Ay hija, perdona… (Joder, hoy está más tiquismiquis de lo normal)

-¿Qué has dicho?

- No, nada.

-Pues eso, mama, además de algún que otro aspecto semejante que siempre acaba eliminando la barrera “ellos/nostras”, otra característica que no suele fallar en nuestras paellas es la intención de llegar a cuantos más comensales, mejor.

-Cierto.

-Bien. Habida cuenta de que estos días y en contra de todo deseo, he adquirido cierta condición de empleada renegada y tú no te has pronunciado con otra posible paella de fin de semana, se me ha ocurrido que podíamos envasar generosas raciones de arroz en tupperwares y enviarlas a todos aquellos hogares en los que al menos un miembro sea empleado de algo o alguien.

-¿A todos los hogares de España?

-Del mundo, mama, del mundo. ¿Te imaginas? ¡Una paella para pringaos!

-No acabo de verle la gracia al asunto, Nata. En primer lugar, otro de los puntos fuertes de nuestras paellas es el jolgorio y en este macro envío que propones no hay lugar para guitarras ni bailes. En segundo, ¿crees que esos empleados entenderán nuestra solidaridad para con su situación?

-Lo de la fiesta es relativo. Sin ir más lejos, yo misma estoy experimentando por vez primera el desenfreno que acarrea la fiesta interior y privada, con decirte que ya apenas piso los bares te lo digo todo. En cuanto a lo segundo, es cierto que quizá los comensales estén un poco desconcertados al principio, pero yo confío en el poder casi mágico de tu arroz. En cualquier caso, había pensado que podríamos incluir una notita en el paquete:

“para ti que aguantas carros y carretas en el curro porque la pela ─dicen─ es la pela y de algo hay que vivir, este plato de paella de mi madre”.

Del resto, no me cabe la menor duda, se encargará tu arroz.


-No sé, Nata, no sé… ¿De qué se tiene que encargar nuestra paella exactamente? El trabajo es necesario, hija.

-Supongo que tu arroz tendrá la misión de ajustar la perspectiva del pringao de turno para que inserte la jornada laboral dentro del continuum sincrónico o diacrónico de su vida a fin de relativizarlo de la manera que más a gustito consigo mismo le haga sentir (cuestión de actitud, ya sabes). Un grano de tu arroz puede servir para sanar el honor y la dignidad que sólo un Jefe sabe agujerear (porque el trabajo no siempre dignifica, eso es cosa sabida) o puede que tu paella sea el empujoncito que anime a más de uno a romper el dichoso contrato, hacer las maletas y plantarse en uno de esos pueblos de repoblación que tanto se estilan ahora.

¿Quién sabe cuál es la misión de tu arroz, mama? Es algo impredecible. Lo único claro es que tu paella hace caracoles y eso es más que mucho, ¿no te parece?

- Exageras, pero no puedo negar que me encanta que lo hagas.

- Entonces, ¿hacemos el envío a domicilio?

- Venga, vamos a probar.

-Muy bien, pues mándame una ración doble a mí lo antes posible.

- Hija, estás empezando a preocuparme, ¿has tenido algún problema en el trabajo?

-No, qué va. Ando sin tiempo para nada y estoy muy cansada. Los pies me duelen a rabiar, sólo es eso.

- Pero sigues siendo feliz, ¿verdad?

-Pues claro, a ésa no me la quita nadie. Digo que la felicidad, como es interior, no me la quita nadie.

- En fin, enseguida te mando una doble ración.

lunes, 15 de junio de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

-¿Irán o Perú, mama?

-Yo qué sé, hija, yo qué sé.

-Si lo prefieres, podemos volver al Sáhara este fin de semana…

-¿Ha habido alguna novedad en el Sáhara?

-No, por eso te lo digo.

-Ah

-A Irán tuvimos que haber ido antes, tú también eres consciente de ello, ¿verdad? Tuvimos que haber ido cuando Amnistía nos contó que el Consejo de Guardianes, el órgano que analiza todas las candidaturas que optan a las elecciones con el fin de “garantizar su idoneidad para la presidencia”, sólo había aceptado cuatro candidatos a las elecciones, excluyendo a todos las demás.

-Tienes razón, tuvimos que haber ido entonces, aunque estarás conmigo en que, tal y como están las cosas ahora, nuestra paella vendría que ni pintada en Teherán. Todo apunta a que ha habido un señor pucherazo y por eso las revueltas, ya sabes.

-Sí, si no digo que la cosa no esté jodida ahora, lo que pasa es que a mí Mussavi no me llena el ojo del todo, es la alternativa occidental, el candidato de Estados Unidos creo que lo llaman.

-Hombre, puestos a elegir, yo me quedo con Mussavi.

-Ése es el problema, ponerse a elegir cuando las opciones se han reducido, perseguido y encarcelado injustamente, piensa en la de minorías étnicas que seguirán sin poder exigir justicia, por no hablar de las mujeres que se presentaron como candidatas y, ni modo: reducidas, perseguidas y encarceladas. Ya nos lo dijo Amnistía el otro día.

-Sí, tienes razón, pero de haber salido Mussavi quizá en las próximas elecciones hubiese habido más variedad en las candidaturas, ¿no crees?

-No sé, sí, supongo que sí. Quién sabe. El caso es que no me parece nada saludable que Estados Unidos tenga tanto protagonismo, en general. A Chomsky tampoco le gusta la idea

-Huy mama, eso es harina de otra paella.

- ¿Sabes qué, hija? No me encuentro del todo bien. Creo que no voy a viajar este fin de semana, me quedo en casa terminando la colcha de Edurne.

-No digas eso, mama. Ésa no es la actitud caracol y tú lo sabes.
-Ya, hija, pero a veces uno pierde la fe.

-T e entiendo, hay demasiados destinos posibles para nuestra paella. Es eso, ¿no?

-Sí, en parte es eso y, también en parte, es lo de siempre: ¿Qué arreglará nuestra paella, hija?

-No sigas por ahí, mama.

-Lo siento, no sé qué me pasa últimamente pero cada vez me cuesta más ser un caracol los fines de semana.

-No digas eso, mama.

miércoles, 10 de junio de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?



Entrada fuera de servicio, disculpen las molestias.

domingo, 31 de mayo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre

No me pregunten cómo ni por qué, caracoles, pero “Más de cien palabras” se ha llevado el tercer premio en la modalidad de relato del Certamen “Jóvenes Artistas de Castilla-La Mancha” de este año y estoy haciendo un verdadero esfuerzo por sobrellevar este asunto con caracolidad, caracoles.

Quizá se pregunten por qué me sirvo de la sección “¿Qué no arreglará la paella de mi madre?” para contarles esto. ¡Si en “Más de cien palabras” hay ensaladas de fantasía, no paellas! Pues muy fácil, caracoles: porque sin ella, ni de coña. Porque también sin el aliento y las exageraciones de Amelia, sin sus arroces, es poco probable que yo hubiese empezado a caracolear algún día, con todo lo que ello supone.

Mi madre conserva en el segundo cajón de su mesita todos los panfletillos en los que yo escribía algo así como eslóganes cuando tenía ocho o nueve años: “yo no soy mejor que tú, lo sé”, recuerdo le decía un punto blanco a un punto negro en una de esas cuartillas. Amarillas y con tachones las más antiguas, en Courier New las más recientes, Amelia guarda todas y cada una de las cartas que le he escrito. Que son muchas, muchísimas.

Yo nunca le dije nada, por eso ignoro si ella supo alguna vez cuántas horas pasaba en el escritorio perpetrando cartas a destinatarios ficticios y cuántas estudiando realmente cuando vivíamos bajo el mismo techo. El caso es que Amelia siempre aprovechaba cualquier ocasión por mínima que fuese para decirme “qué bien escribes, hija”. Fue muy poco antes de que mi sobrina me pidiese ayuda para construirle un mundo mejor a los caracoles que yo le dije por primera vez “mama, no imaginas cuánto disfruto escribiendo”.

Y ahora, dentro de las preguntas de rigor de nuestras conversaciones telefónicas, antes o después del qué has comido o qué vas a comer, me pregunta qué ando escribiendo ahora y siempre acaba con la misma frase: hija, tú no dejes de escribir.

Es como si comiese su paella todos los días o, al menos, los días en que caracoleo o me enredo con cualquier otro texto. Aunque esta semana no les haga una crónica de nuestro viaje en sentido estricto, háganse a la idea de que mi madre cocina todas las mañanas una paella para mí y eso es lo que me da la vida. Sus ganas de verme vivir y animarme a empezar o a seguir cualquier locura o sinsentido, como podría ser Un mundo mejor para los caracoles, son mi punto de apoyo. No me cabe la menor duda de ello, de verdad que no me cabe.

La llamo inmediatamente para decirle eso, para decirle

- Mama, ¿te acuerdas del cuentecico de las dos hermanas?

-Claro que me acuerdo, hija.

-Pues me han dado el tercer premio.

Y su risa nerviosa no la deja hablar durante unos segundos. ¿Ves como no es amor de madre? Hija, tú no dejes de escribir.

Aquí les dejo el relato por si quieren echarle un vistacillo, caracoles: Más de cien palabras

lunes, 25 de mayo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

Sri Lanka, ése fue el destino elegido este fin de semana, caracoles. Amelia y yo hemos seguido con interés y desesperación el largo conflicto habido entre los nacionalistas tamiles que han luchado (también sangrientamente) contra el ejército cingalés para conseguir un estado independiente dentro de esa islita tan coqueta, tan mona y tan pobre que es la antigua Ceilán.

Supongo que, como hay tantas guerras, los informadores han de ser selectivos. Por eso, esta guerra que ha durado más de veinticinco años ha ocupado un pequeñísimo papel en la prensa internacional y también por eso casi nunca se habla de guerras en la prensa, porque los encargados de seleccionar la información con la que informar no las consideran carne de noticia.

Eso sí, de los tamiles se ha hablado “mucho” últimamente ya que se han ido acercando a la etapa final del conflicto. Los del bando nacional se fueron creciendo, los otros siguieron disparando pero no había color, aquéllos tenían la despensa cargada. El líder de los tamiles murió en acto de combate y entonces unos declararon la victoria mientras los otros aceptaban, con mucho pesar, la derrota. De principio a fin, una guerra. Con todas las muertes de individuos ajenos a la causa que ello supone.

Ahora lo que sucede es que los cingaleses, los “ganadores”, han proporcionado unas instalaciones a los civiles tamiles para que permanezcan allí mientras el gobierno prepara proceso de reasentamiento de estos ciudadanos y se las apañan para detener a los tigres rebeldes que quedaron por ahí escondidos.

Los ciudadanos tamiles podrán permanecer en dichas instalaciones hasta dos años... En la India, es por todos sabido, las cosas van siempre despacio.

Nosotras llegamos a Vavuniya con la ilusa ilusión de compartir nuestra paella con tamiles y cingaleses. Nuestra idea era comer con la gente del lugar, sin más. Echarnos unos bailes, animar un poco el cotarro y distender en la medida de lo posible el ambiente.

Nada más lejos de la realidad, caracoles. Esas instalaciones no son la granja que pensaba Bruno, el niño que acabó llevando un pijama de rayas en El niño con el pijama de rayas; tampoco son campamentos para refugiados, como dicen ellos. Y qué son esas instalaciones, se preguntará alguno de ustedes. Nosotras teníamos nuestras consistentes sospechas acerca de la naturaleza de aquellos lugares pero también teníamos nuestras dudas. Y es que si utilizo el término “campo de concentración” inevitablemente todos pensaremos en los nazis, coquetearemos con la Ley de Godwin y quién sabe lo que pueda salir de aquí.

Y sin embargo, caracoles, “campo de concentración” es a mi juicio el término más acertado.

Allí no entra nada (ni agua, ni comida, ni personal sanitario) y tampoco puede salir nadie. Las instalaciones están rodeadas de una alambrada que tiene toda la pinta de ser peligrosa y las grietas de las paredes indican que esos lugares albergan mucha más gente de la que deberían. Todo apunta a que la gente está hacinada pero no podemos poner la mano en el fuego.

Amelia y yo tuvimos serias dudas sobre cocinar o no la paella. Los soldados que guardaban la puerta nos dijeron que ni de coña podríamos entrar y que hiciésemos el favor de retirarnos de allí por las buenas: “los refugiados están aturdidos con tanto tráfico de gente”, nos dijeron.

Decidimos dar un paseo por la zona antes de tomar una decisión concreta y fue entonces cuando se nos ocurrió camelarnos a los soldados que por allí soldadeaban con nuestro exquisito arroz mientras algún caracol aprovechaba el despiste para entrar en la instalación y ver qué se cocía allí realmente. ¿granjas? ¿campamentos de refugiados? ¿quizá de concentración? ¿pistas de patinaje sobre hielo? Quién sabe, nos esperábamos cualquier cosa, caracoles.

Como suele suceder, los soldaditos resultaron ser gente bastante maja. Gente con un oficio cualquiera que no se ha molestado en reparar en la absurda causa de sus actos y en sus trágicas consecuencias. Les encantó la paella.

El caracol en cuestión, no lo van a creen, se llamaba Saudade. Trabaja en una organización de ayuda humanitaria y se las apañó muy bien para entrar en la instalación mientras los otros degustaban nuestro arroz.

Fuimos prudentes. Esperamos a que los soldados volviesen a sus puestos, limpiamos la paellera y guardamos los restos para los gatos de mi padre; sólo entonces nos acercamos al punto de encuentro con Saudade.

Se despejaron las dudas. Saudade corroboró nuestras sospechas: ni granjas, ni pistas de patinaje, ni campamentos. Los inquilinos de esas instalaciones viven totalmente hacinados y no tienen ni comida ni agua suficiente. A golpe de vista, Saudade diría que hay un buen número de enfermos de hepatitis, diarrea, infecciones varias y malnutrición. Él no vio cámaras de gas ni nada por el estilo, vio esto que les digo: gente culpable de nada sobremuriendo en condiciones infrahumanas. Gente en cuyos ojos podía verse la tristeza de tantos años sufriendo los verdaderos perjuicios de una guerra. Lo de las instalaciones, es sólo una gota más. Hay que joderse.

Después de hablar con nosotras, Saudade contactó con periodistas de todas partes y hasta habló largo y tendido con representantes del Gobierno indio. Hizo todo lo que pudo pero no fue suficiente. La estancia obligatoria de los civiles tamiles en dichas instalaciones se ha reducido a seis meses en vez de a dos años.

Pero las instalaciones siguen blindadas.

Nosotras regresamos a España con un nudo en el estómago que dificultó la digestión de la paella.

domingo, 10 de mayo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?



-¿Por qué Jamaica, Nata?

-Es un decir, mujer.

-No lo entiendo.

-Ha muerto Javier Ortiz, ¿sabes?

-Ah.

-Yo empecé a conocerlo en Público. Me gusta su manera de escribir y de pensar. Debió ser un gran tipo, estoy segura.

-Una lástima pero, dime, ¿qué tiene que ver eso con Jamaica?

-A raíz de su muerte se ha sacado del baúl un artículo que Ortiz escribió para El Mundo. Qué loco, ¿no? Escribió en El Mundo y todo…

-Te escucho.

-El artículo se llama “Sueño con Jamaica”. Toma, léelo. Está debajo del obituario que él mismo escribió para su muerte y que tampoco tiene desperdicio alguno.

"Sueño con Jamaica, y en la Jamaica en la que yo sueño nadie se levanta la voz, y el ruido es sólo algarabía callejera, y los policías no dan miedo, aunque asusten un poco con los ruidosos piropos que lanzan a las muchachas que circulan en bicicleta y a las que el aire levanta sus faldas de mil colores.

Tal vez esa Jamaica en la que estoy soñando no exista. Tal vez esto que os estoy contando sea sólo el fruto de películas y carteles de turismo asomados a los escaparates de las agencias de viaje

Mi Jamaica, esta Jamaica en la que hoy sueño, me vale porque es quimera, porque ocupa el espacio del no-aquí, porque me ayuda a imaginar que podríamos ser otros."


-Qué bonito, Nata. Me ha gustado mucho.

-Es que podríamos ser otros, ¿verdad, mama?

-Sí, hija.

-Quizá la crisis de marras cambie el rumbo de las cosas. Para bien.

-Sí, hija. Quizá.

-Alfredo dice que ve el fin. Dice que de ésta no se escapa ni el Tato y que nos vamos a ir todos a tomar por culo.

-Tú piensa en tu Jamaica, nena. Piensa en nuestras paellas.

-Pues tienes razón.

-Ea, es que no hay más tutía. Las utopías -y hasta las quimeras- sólo sirven para caminar hacia ellas. Rara vez se convierten en realidad real pero, mientras andamos y no andamos en su búsqueda, algo va cambiando, ¿no crees?

-Claro que lo creo. Y si al final es cierto que de ésta no salimos, que al menos nos quede la buena sensación de haber querido construir un mundo mejor para los caracoles, ¿no?

-Exacto. Vamos de camino a esa utopía –habrá quien la llame “quimera”- y mientras andamos y no andamos en su búsqueda, algo va cambiando. Ya te lo he dicho.

-¿Tú crees que lo conseguiremos?

-Tú piensa en Jamaica, nena. Piensa en nuestras paellas.

"Y sueño, y me voy a Jamaica para mejor sentir mi distancia ante lo que veo: calles grises, gente triste. Y sueño con Jamaica para reclamar de mi más alegría, para pensar que todos podemos romper con todo, que somos capaces de no acudir puntuales a las citas, de reírnos de los estudios sociológicos que explican la muerte, de creer que el porvenir que nos espera no está condenado a ser de por vida un tiempo para el llanto.

Jamaica o muerte. Venceremos."

lunes, 4 de mayo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

-¡México!

-¿Tú crees? Puede ser peligroso, mi’jita. Si hasta se han agotado las mascarillas.

-He hablado con mis cuates de Cuernavaca y, ¿sabes?, sólo uno de ellos utiliza mascarilla. Los demás dicen que esto del virus no es sino otra de las estrategias de su querido y corrupto presidente para distraer la atención de los ciudadanos.

No mames! pero si ha muerto un montón de gente, Nata.

-Yo te digo lo que me dicen. Y una cosa está clara, aún no se han hecho todas las pruebas pertinentes para saber realmente de qué se trata. Jo, y hay quien habla de pandemia… Hay que joderse, qué ganarán metiéndonos el miedo en el cuerpo.

-Pues ya lo sabes, es lo de siempre. Nos asustan para luego vendernos su seguridad: Ellos nos salvarán del terrorismo. Entras en un aeropuerto y con un sinfín de tediosos y a veces ridículos controles juegan a que tú te sientas más seguro. “Lo tenemos todo bajo control”. Y tú te relajas o, sencillamente, no te das ni cuenta porque no quieres pensar que si alguien quiere asesinar un avión lleno de pasajeros lo podrá hacer a pesar de ese sinfín de tediosos y a veces ridículos controles de seguridad. Porque hay tantas formas de matar como de vivir. Su estrategia es ésa, meterte el miedo en el cuerpo para luego proclamarse héroes de tu seguridad.

- Es lo que te digo, mama. Especialistas en la materia dicen que aún faltan datos para confirmar nada acerca de la gripe porcina; también dicen que a la industria farmacéutica le ha venido que ni pintado el supuesto virus y hay a quien le resulta sospechoso que, el 17 de abril, Obama y Calderón (presidentes de Estados Unidos y México respectivamente) se reunieran; el 23, se anunciase la epidemia y el 24, el G7 declarase ponerse manos a la obra para ayudar a las economías emergentes de todas, todas.

-Ves, en este caso no sabría yo qué decirte. La OMS no está compuesta por cuatro aficionados, hija. Dices que tus amigos mexicanos no usan mascarilla y salen a la calle alegremente, ¿verdad?

-Sí.

-No sé, tú misma lo dijiste entre bromas cuando empezó lo de la gripe: Si lo dicen desde México, habrá que dudar.

-Hey, eso sólo fue una broma, mama. ¡Qué pensarán los caracoles de mí!

-Aunque como te digo una cosa te digo la otra, Nata. “Juanes sin miedo” hay en todas partes, ¿me entiendes? Quiero decir que quizá esa gente que, como tus amigos, hace oídos sordos a las indicaciones oficiales forma parte de ese sector de la población que se limita a llevarle la contraria a todo o a ese otro que vive en el más absoluto relajo, sin preocuparse por nada.


-Puede que tengas razón pero, qué quieres que te diga, mis cuates son gente lista y yo me fío de ellos.

-¿Por encima de los informes de la oficiales?

-Jo, es que también muchos especialistas en la materia han dicho que aún faltan pruebas decisivas para saber de qué se trata.

-Pues habrá que ser precavidos, ¿no?

-No sé, mama, no sé.

- Ándale, nena, vámonos pa Cuerna.

-¡Yuju!

lunes, 30 de marzo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

Estuvimos en Londres, caracoles. Preparamos paella para todos aquellos que se echaron a la calle a exigir que su voz sea oída por esas 20 corbatas que parecen olvidar que trabajan para nosotros. Para que no dejen de tener en cuenta que hay quien quiere mirar para otro lado y seguir otro camino distinto al que nos “conducen” a seguir. En líneas generales, nuestros comensales de esta semana exigían que los puntos de partida de las acciones políticas sean siempre sociales para, desde ahí, llegar a las cuestiones económicas. Y no al revés. Ya saben, por aquello del mundo justo y sostenible.


Se hicieron oír, mi madre y yo podemos dar fe de ello. No obstante, son muchos los oídos sordos y, bueno, si sus reivindicaciones cayeron en sacos rotos o no, lamentablemente, es algo que -por ahora- se ve limitado a las conciencias de esas 20 corbatas. Eso sí, la presión está ahí y eso ya es un grado.


Amelia y yo los esperamos en el Hyde Park. El olor de la paella de mi madre les indicó el lugar exacto en el que aguárdabamos a su llegada y llegaron, vaya si llegaron. Allí nos juntamos, ingleses, húngaros, mexicanos, franceses, lituanos. Gente de todas partes, gente que hablaba de Afganistán o Palestina, gente con listados de zonas en las que, hoy, en pleno 2009, hay quien se muere de hambre, el cambio climático, la crisis, ay, qué clase de mundo hemos construido... Mi madre y yo sugerimos el relajo general ya que los efectos del arroz de Amelia pierden gran parte de su potencial si uno no los digiere con buena gana y conseguimos pasar un buen rato: charlamos, bailamos sevillanas y polcas, hicimos malabares y acrobacias varias...


Había también, aún no se lo he dicho, un buen puñado de españoles divididos en diferentes grupos atendiendo a diferentes demandas: antimilitaristas, greenpeaceros, etc. A muchos de ellos los reconocimos por la cara de españoles, así, sin más y a otros los descubrimos por las eñes que lucían en sus pancartas. Ésta era una de ellas.


“España se la chupa al sistema”


Un lema irreverente pero claro y conciso. Quizá no sea el más adecuado, el más “para todos los gustos” pero tampoco es un lema para poner el grito en el cielo, ¿no les parece?


Pues hubo quien lo puso, caracoles. Resulta que a la vuelta del viaje leí este artículo y no salí de mi asombro. Les copio un fragmento:


“La leyenda de la pancarta habla por sí sola. Será mejor no mancillar el teclado reproduciéndola. Sólo subrayar que sin duda elevó el nivel intelectual de la protesta. Como lo elevaron las actitudes soeces y machistas de sus portadores, que marcharon con la bota en bandolera y cantando 'El vino que tiene Asunción.”


Asumiendo el resigo de mancillar mi teclado, repetiré que el lema “España se la chupa al sistema” no me parece desafortunado del todo. El episodio que viene después, por el contrario, si es un poco más peliagudo a la par que interesante, eso sí. Dice Eduardo Suárez que “lo más repugnante” ocurrió cuando una pareja de japoneses se asomaron al balcón del hotel en el que estaban alojados para contemplar la marcha y los españoles dejaron a un lado “El vino que tiene Asunción” para entonar un "¡Enséñanos las tetas! ¡Enséñanos las tetas!" a pleno pulmón:


“La japonesa, claro, no entendía. Y miraba sonriente hacia la calle. Como pidiendo explicaciones ante lo que oía. Un impulso al que los españoles respondieron ensañándose ahora con su compañero, al que decidieron colgarle el apodo de Lucas. "¡Lucas, dile a tu chica que nos enseñe las tetas!", insistieron con saña, antes de que la pareja se refugiara dentro del edificio.”


Como les digo, este episodio resulta la mar de interesante por varios motivos. En primer lugar, es un claro ejemplo con el que representar a ese sector español que busca su sello de identidad (en territorio nacional y extranjero) a base de un comportamiento desenfadado, cateto y, ciertamente, soez. El ensañamiento del articulista refleja a ese otro sector español: el del papanatas y el hecho de que la japonesa no enseñase las tetas demuestra que el tópico de la España de fiesta y pandereta, a veces no es visto con buenos ojos (en territorio nacional y extranjero) y tampoco es secundado (en territorio nacional y extranjero).


Es poco probable que una servidora siga alguna vez una marcha bajo ese lema: España se la chupa al sistema, a pesar de que, insisto, no me escandaliza. No me cabe la menor duda de que ni le pediría a la japonesa que me enseñase sus tetas ni a Lucas, su pene. Seguramente, el comportamiento de este grupejo me avergonzaría de alguna manera. No obstante, como les digo una “co”, les digo la “o”: tras leer el artículo, me imaginé la escena. Me imaginé al papanatas de turno, a los antisistema, al grupejo de aragoneses, a Lucas y su novia y no pude evitar reírme ante tal cuadro.

A los españoles les gusta dar la nota, es uno de los tópicos más tópicos con los que se nos etiqueta pero no es menos cierto que los extranjeros en general, cuando van en grupo, tienden a despelotarse. Quizá los españoles lo hacen más a lo bestia (¡En una marcha contra el G-20!) pero, después de dos veranos trabajando en la costa de Salou sirviendo a franceses, ingleses y alemanes, me permito dudarlo.

Al articulista le faltó echarle la culpa a Zapatero y recrearse, un poquito más, en la decadencia y degeneración de la juventud española que adolece de una falta de principios y valores (probablemente católicos) y que desconoce las normas del decoro y del saber estar. Como les digo, no voy con los aragoneses pero tampoco secundo a los pseudo moralistas que hablan de la buena y la mala educación con una prepotencia que me horroriza y que, de alguna manera, también me avergüenza.

¿Qué dicen ustedes, caracoles?

lunes, 23 de marzo de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

-Quejica, eso es lo que eres, Nata, una quejica. Me tienes aburrida.

-Gracias por tu apoyo y tu comprensión, mama.
-No, mujer, a ver si me entiendes, yo estoy contigo pero es que, chica, se te está yendo la pinza.

-Ya estamos con las pinzas...Menuda os ha dado a todos últimamente con mi pinza.

-Ea, cuando el río suena...Yo sólo te digo que, de una pausa a esta parte, estás hecha una quejica.

-Cierto. Bueno, ¿qué pasa con nuestra paella?

-Eso digo yo, ¿dónde vamos?

-Jo, es que desde que se rompió mi ordenador apenas leo prensa y no se me ocurre ningún lugar en el que nuestra paella pueda ser requerida.

-Quejica.

-No, mama, esta vez no es por quejarme. Creéme, no estoy al corriente de nada. Por cierto, ¿no habrá caído la monarquía en España y no me habéis dicho ni “mu”? No me perdonaría no estar allí para festejarlo.

-No, hija, en líneas generales, todo sigue en su sitio-

-Mierda.

-Una cosa te voy a decir, Nata.

-Dime.

-Eso de elegir el destino de nuestras paellas en función de los contenidos de los telediarios no es sino un error más. De sobra sabes que las noticias no ofrecen ninguna panorámica de la realidad social (nacional o internacional). Los medios de información tendrán sus cosas buenas y sus cosas malas pero, lo que te digo, nunca han sido una gran ayuda para nuestro arroz.

-Bueno, bueno, Amelia, te adentras en un terreno peligroso. Vamos a dejar el tema antes de que caigamos en la demagogia.

-Lo que tú digas, Nata. En cualquier caso, siempre nos quedará la iglesia.

-Pues tienes razón, la iglesia católica siempre ha sido un tema recurrente.

-Ahora están otra vez con lo del “No al condón”.

-Anda, no tenía ni idea.

-Sí, mujer, ¿no has leído el artículo de Elvira Lindo de esta semana?

-¡Que no tengo ordenador, mama!

-Quejica. Puedes leerlo ahora mismo.

-Tienes razón. [seis minutos y medio después] Interesante a la par que impecable. Ay, me encanta Elvira Lindo.

-Entonces, ¿nos vamos de paella o qué?

-Pues es que estoy un poco líada con el Festival de la Primavera del kinderdorf.

-Uy, suena bien. ¿Eso quiere decir que la cosa empieza a funcionar en tu voluntariado?

-Puede que sí pero también puede que se trate de una muerte dulce.

-¿Cómo llevas Éxodo?

-Hace días que no tengo ganas de leer y,claro, no leo.

domingo, 22 de febrero de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

-Hola, Garzón. Yo soy Nata y ella es Amelia, mi madre. Hemos venido a invitarte a una paella.

- Verás como se te quita la ansiedad en un periquete.

-¡Paella! Qué bien, es mi comida favorita.

-He de decir que a mí no me llenas el ojo del todo pero mi madre dice que eres todo un profesional, además de muy guapo.

-¿Cómo dices eso, hija?

-¡Pero si me lo acabas de decir! Mi madre es una mujer casada, Garzón, no tienes nada que hacer con ella, ¿mejor así, mama?

-No le hagas caso, Baltasar, ¿cómo te encuentras?

-Tengo ansiedad.

-Ya, algo hemos leído en la prensa. Trabajas demasiado.

-Un juez nunca trabaja demasiado.

-Nosotras también le tenemos tirria al PP.

-¿Tirria? No sé qué significa esa palabra. En cualquier caso, quiero dejar claro que no tengo nada en contra del PP. Yo sólo hago mi trabajo.

-Sí, claro. En el mismo caso, nosotras sólo queremos animarte a que sigas con tu trabajo. No te inhibas.

-Pues a lo mejor tengo que inhibirme.

-No les hagas ni puto caso, no te inhibas. Lo estás haciendo muy bien.

-Ay chicas, yo no soy perfecto pero es que ellos lo han hecho tan mal…

-Por eso no puedes inhibirte.

-No, si yo no querría inhibirme.

-Pues no te inhibas.

-Mama, ¿qué es inhibirse?

- ¿No sabes qué es inhibirse? Inhibir, en este contexto, es “decretar que un juez no prosiga en el conocimiento de una causa por no ser de su competencia”.

-Ah, entonces no te inhibas, hombre. Una cosa más, ¿vosotros no tenéis hambre?

-Sí.

-Sí.

-Perfecto, yo voy haciendo la paella mientras tú le sigues haciendo la pelota a este señor. No olvides que eres una mujer casada, mama.

- Si no querías que viniésemos aquí sólo tenías que haberlo dicho, hija. De todas formas, a ver si te bajas los humos de una vez. No te das cuenta de toda la mierda que ha empezado a levantar este buen hombre, ¡tenemos que evitar que se inhiba! Desde que haces paellas para 30 personas en el kinderdorf no hay quien te aguante.

-Lo sé, lo siento.

lunes, 16 de febrero de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?


-¡Vino caliente con especias! ¿Qué carajo es esto, Nata?

-No me digas que no te hablé del “Gluewine” estas Navidades, mama.

-No tenía ni la más remota idea, hija. ¿Esto es “Gluewine”? Pues está buenísimo.

-Qué me vas a contar a mí. Sigo siendo fiel al calimocho pero aquí me entra mejor el Gluewine, qué quieres que te diga.

- Pues es una pena que no hayamos utilizado la paellera grande. Aunque, si te digo la verdad, tenía ganas de estar un ratito contigo a solas, ver tu mundo en Barntrup y, bueno, tus compañeros de piso son un poco raritos pero son buena gente, ¿no?

-Son religiosos, sólo es eso.

-Ah, claro.

-Pues sí, tienes razón, es una lástima. Pero es que por aquí no hay muchos entuertos que desfacer. Reciclan, la asistencia social cubre hasta el último detalle y, para viajar barato, quedas con un conductor que lleve tu mismo destino y por na y menos te plantas en Berlín, o donde sea. Vaya, está la crisis de la narices y los roces con los inmigrantes, sobre todo con los turcos. ¿Te has fijado, mama? Hay un montón de turcos.

- Dicen que los alemanes se lo tienen un poco creído.

-Ya estamos con las generalizaciones, mama…

-Yo digo lo que dicen, hija.

-Bueno, digamos que en Alemania sobrepasan la teoría de ningunear a la izquierda.

-Ningunear a la izquierda, ¿qué teoría es esa?

-Los españoles ningunean a Portugal, los franceses ningunean a España y los alemanes ningunean también a los de la derecha.

-Por ejemplo…

-A Polonia, por ejemplo

- Y dices que estás bien por aquí, ¿no?

-Anda, pues claro, ¡tan ricamente! No puedo negar que me hervía la sangre cuando Flo, ese pequeño Hitler de 15 años al que tengo que ver todos los días en el kinderdorf, me daba las gracias por la existencia de las mandarinas

-Eso fue cuando decías que te sentías como una piña.

-O como un mango, sí. Sin embargo, Flos hay de todos los colores y en todos lados.

-Lo dices por papa, ¿no? Ay, hija, no se lo tengas en cuenta. Tu padre ya es muy mayor como para cambiar esas cosillas.

-“Esas cosillas”, hay que joderse. Bueno, como te decía, Flos hay en todas partes porque no todo el monte es orégano, ¿verdad? Supongo que lo que cuenta es que orégano también hay. Eso es con lo que me quedo yo, con el orégano que también (y en grandes cantidades) hay en tierras germanas y en todas las tierras.

-¿Cómo era eso que te decían en México?

-Licenciada Alarcón.

-No, no, lo otro. Lo de aquel profesor.

-Ah, me dijo que si había venido a conquistar la educación por segunda vez. Pues eso, que Flos hay de todos los colores y en todas partes.

-Bueno, hija, está anocheciendo, será mejor que vuelva a Socuéllamos.

-¿Tan pronto? Ay, quédate un poquito más, porfi.

-No puedo hija, tu padre me espera.

-Jo, muchas gracias por venir. ¿Sabes? No es que en Alemania no haya motivos para hacer una de nuestras paellas, es que me apetecía tenerte sólo para mí.

-A mí me pasaba lo mismo, hija. Estabas un poco tonta la semana pasada, ¿verdad?

-Sí, pero ya estoy lista.

-Estamos en contacto.

-Estamos en contacto.

lunes, 9 de febrero de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?


El poli bueno y el poli malo; el blando o el duro; el arriesgado y el sensato. Hay que ver la de juego que dan estos binomios y la de situaciones en las que nos vestimos de uno de los dos miembros para luego trasvertirnos al otro. Hoy eres el fuerte, el que todo lo puede, y mañana te derrumbas con un soplido.

Por norma general y hasta que las paellas de mi madre aparecieron en mi vida, yo he tendido a ser lo último. Mi madre era la dura y a mí siempre se me caía el alma a los pies. Ya con la madurez, como les digo, la cosa fue cogiendo un poco más de equilibrio y en estos días inciertos en la medida de que no me parece cierto que Saudade haya sido asesinado, yo fui la que actuó como la dura mientras mi madre se dejaba caer en la espiral de tristeza y desesperación que tan al alcance de la mano está cuando muere un ser querido, como es el caso de Saudade.

Sí, saqué fuerzas de flaqueza para que mi vieja no se me viniese abajo; al fin y al cabo, eso es lo que ella siempre hace conmigo. Siempre saca sus fuerzas para que yo no me hunda o para “deshundirme”. Y de tanto fingir la serenidad que no tenía, llegué a asumir la muerte de Saudade sin grandes perturbaciones para mi cabeza. Sin embargo, esta semana la cosa se me ha ido de las manos y me he venido abajo con un soplido.

Amelia me llamó el jueves: Vámonos al Congo, Nata. No puedo, mama, este fin de semana tenemos el festival de teatro en el kinderdorf y no puedo faltar. Mentira cochina, caracoles, ese festival no existe y yo no trabajo hasta el martes. Vaya, con las ganas que tenía yo de viajar este fin de semana, hija. Y yo, mama, y yo; pero de verdad que no puedo. Mentira cochina, caracoles.

No sé si el hecho de ser testigo del batacazo económico de España desde Alemania (que también está jodida, aunque no tanto) aumenta mi visión catastrófica sobre este asunto, pero lo cierto es que terriblemente me imagino volviendo a un país hundido en la miseria. Nadando en una mierda que probablemente se merezca y que no por ello dejará de ser mierda.

Me pregunto en qué medida habrá afectado el aleteo de la mariposa de las narices a esos países en los que la cosa parecía que ya no podía ir peor. La ONU dijo allá por noviembre algo así como que la crisis del primer mundo no debería afectar al tercero y, por lo tanto, no se restarán ceros a la ayuda humanitaria. Todo un detalle, eso sí, habrá que vigilarlos de cerca.

¿Qué relación hay entre mentirle a mi madre y la crisis? Pues mucha, caracoles, mucha. No sabría explicarles, hacía tiempo que no me faltaba el aire al leer la prensa pero esta semana volvió a faltarme y eso que he leído noticias mucho peores y, a decir de verdad, la historia universal no ha cambiado demasiado en estos días. No sé por qué pero el jueves, poco antes de mentirle a Amelia, sentí una especie de vértigo cuando fui consciente de que durante mi jornada de prensa y café matutina toda la información que había filtrado giraba en torno a la crisis: datos, despidos, medidas proteccionistas americanas, testimonios, humor. Un poco lo de siempre, ¿verdad? Y sin embargo, me dio vértigo.

Con su pan se lo coman, me digo cada vez más convencida de que no pienso entrar en este juego y luego caigo en lo de la puta mariposa y me dijo que esos cabrones que han perdido unos cuantos millones nos tienen cogidos por los huevos. Miren la que les han dejado liar. Y entro en una espiral de tristeza y desesperación similar a la que sufrió mi madre tras la muerte de Saudade porque me quito la coraza y me permito sentir su ausencia y con su ausencia noto también que a mi madre y a mí nos falta la sana esperanza de Saudade que, después de su ritual de tristeza, era pura energía positiva. Yo también lo soy, pero no puedo serlo siempre.

Por eso le he mentido a mi madre, porque tengo un poco de miedo y de asco en el cuerpo y así no se vale hacer una paella y le miento por no contagiarle mi verdad de estos días, convencida de que en cuanto ajuste el calibre de mi ojo volveré a recuperar la sanota perspectiva que me acompaña en cada paella y también con la esperanza de que mi ojo se recupere más pronto que tarde. Detesto ser catastrofista.

Y lo detesto más aún cuando me consta que he sabido mirar esta realidad desde una perspectiva mucho más feliz. La crisis, lejos de ser un problema, puede ser el trampolín perfecto para empezar a construir un mundo mejor para los caracoles. Un mundo más habitable, más justo, menos corrompido. Un mundo regido por la igualdad y la justicia. Regido por la paz. Un mundo sin excesos ni carencias para nadie. Empezar o seguir, claro, porque hay mucha que ya empezó hace tiempo. Supongo que en ellos estará la esperanza que hoy no veo.