jueves, 13 de agosto de 2009

Tanto monta, ¿monta tanto?

¿“Una caña, por favor” o “una cañita”? ¿Con cuál se quedan, caracoles? ¿Cómo suelen pedir las cosas que se pueden pedir?De las que no se pueden pedir y se piden, hablaremos otro día. No se alarmen.

Les cuento que, tras un minucioso estudio, concluyo que éstas son las dos fórmulas más socorridas por los clientes, aunque quizá ustedes tampoco las utilizan demasiado. Quién sabe. Yo, por ejemplo, suelo decir lo siguiente: “¿Me pones una caña, porfa?” y me siento más educada que la mismísima princesa doña Letizia. Un poco ñoña, sí, pero educada.

Supongo que la gente que pida “una cañita” se sentirá tan colmada de buenos modales como yo e incluso un poquito más porque, generalmente, la persona que responde al saludo del camarero con “una cañita” tiene a bien acompañar su frase con una sonrisa que, sin duda alguna, repercute positivamente en la persona que ha de servir la cerveza en cuestión.

El cliente que dice “Una caña, por favor” es siempre bien recibido. Frente al “morena, danos de beber” o el “una caña” más frío y aséptico que puedan imaginarse, es casi un placer atender a una persona que no sólo no vulnera tu dignidad, camarero, si no que además te trata como si fueses ministro o banquero. Todo un detalle por su parte, a pesar de que sus fórmulas no repercuten tan positivamente como las empleadas por el cliente “una cañita” que, por lo general suele sustituir el clásico “gracias” a la hora de recoger el cambio por un “venga, hasta luego” que suena la mar de bien.

Ay, caracoles, me encanta que me digan “venga, hasta luego” con una sonrisa de oreja a oreja.

Los europeos más europeos tienden a interpretar el poco uso que se hace en España del “por favor” frente a su abundancia de “pleases” o “dankes” como un gesto descortés. Incluso muchos hispanohablantes señalan esa ausencia y se recrean en la vergüenza de creer que su raza no sabe de modales. Sin embargo, a poco que uno hurgue en nuestra lengua, reparará en las innumerables fórmulas del tipo “una cañita” que parafrasean a la perfección aquel “una caña, por favor” o sucedáneos añadiendo, además, un toque de frescura y cercanía poco menos que entrañable.

En cualquier caso, los envoltorios no merecen tanta importancia. Si al final todos acaban con su caña en el gaznate, miren, ¿qué más da?

¿Ustedes valoran a partes iguales continente y contenido? Dependerá del continente y de lo contenido, ¿verdad? Si tenemos en cuenta que el continente es la palabra y el contenido es la comunicación efectiva, la cosa se complica hasta tal punto que uno puede llegar a perder la cabeza o a llorar, sin más, pues resulta que este continente tiene tantos entresijos que a veces uno no sabe por dónde agarrarlo o, sencillamente, no lo agarra por la mejor parte; en cuanto al contenido, convengamos que la comunicación efectiva sería mucho más tangible si acertásemos a esclarecer qué queremos comunicar realmente. Un pitoste, vaya.

Qué quieres de mí, me preguntó ella y, desde entonces, trabajo día y noche por convencerme de que no existen contenidos sin continentes. Quiero decir que ya no consiento cerrar ningún episodio existencial o vital más a base de flaquezas como no encontrar las palabras o no saber cómo explicar(me). Eso sí, me lo tomo con calma y por eso aún no le he contestado.

Dicho esto, concluyo que, a mi juicio, "El no sé qué" de Feijoo es un atajo disfrazado de ensayo poético que, entre otras cosas, exhorta a rechazar el reto que supone arriesgarse a agarrar la palabra por la mejor parte -con todas las probabilidades de error que ello supone- y a rendirse ante el esfuerzo de esclarecer qué queremos comunicar realmente. Que no, que no existe contenido sin continente y viceversa.

Conclusión: Feijoo era un comodón de mucho cuidado.

4 comentarios:

ottoreuss dijo...

¡Muerte a las cañas!

Yo digo: "¿Me pones una shandy?"

Anónimo dijo...

Yo te voy a dar una opinión que te sorprenderá.

Partamos de que tú no tienes el perfil típico de persona que pone cañas en el lugar del que procedo, Madrid, ya que eres universitaria y con justificadas ínfulas literarias. Por eso es normal que aprecies los buenos modales.

El perfil con el que más he tratado es el del camarero de toda la vida, el que estaba antes de la invasión que padecemos, castizo, chuleta, resabiado y retorcido.

Mi experiencia personal con estos especímenes es que cuanta más educación muestres, más pasan de ti, más te menosprecian y peor tapa te ponen. Es más, después de muchas veces de tomarme mi caña SIN tapa por haber usado mis modales naturales, que son una muestra perfecta de civismo "old fashioned", empecé a probar el método Eastwood, que consiste en llegar todo serio, plantarme en la barra y levantando la barbilla decir "una caña". Ahí me di cuenta de que estaba hablando su idioma. En su mente cutre dejé de ser "un gil", "un pringao", para pasar a ser un tío a tener en cuenta, y nunca más me faltó la tapa.

Saludos,
Rod.

nata dijo...

Pues no creas que me sorprende tanto tu opinión, Rod.

A mí también me ha atendido algún que otro camarero "perdona vidas". Según mi experiencia, el camarero tiende a "olvidar" del orden de llegada y suele atender en último lugar a la persona educada, Consciente de que sus buenos modales no le permitirán montarle un pollo por haber colado al personal.

Ellos son el cáncer de nuestra profesión ;-)

¡No más caña sin tapa, joer!

ottoreuss dijo...

Yo estoy de acuerdo con Rod. No quiero ir de catetillo que va a la capitaleja y se queja de cómo lo tratan, pero sí es verdad que en el típico bar castizarro de Madrid a los camareros les falta escupirte y sólo te hacen caso cuando les tratas con el mismo desprecio con el que ellos te tratan a ti.