jueves, 25 de septiembre de 2008

Todas las almas




Hace tiempo que opté por la sana opción de no tener nada favorito. Sí, no tengo ningún problema en reconocer que unas cosas me gustan más que otras pero, todo es tan circunstancial, todo es tan bonito y tan feo al mismo tiempo que, para no quebrarme la cabeza, me desentiendo de ese concepto. Por supuesto, tengo mis jerarquías (lo fundamental y lo accesorio, lo especial y lo que no lo es tanto, lo mágico y lo menos mágico) no obstante,el criterio de “favorito” ya no está dentro de mi catalejo. Así que no puedo decirles que Javier Marías es mi escritor favorito pero sí puedo pregonar que me encanta cómo escribe este buen hombre.

Hay un pasaje de su novela Todas las almas que me acompaña desde que lo leí por primera vez. En esos parrafitos se relata la reflexión de una persona desubicada en el mundo que registra cuán arraigados están sus vecinos en función de la basura que sacan todas las noches al contenedor. Cuanta más basura, más raíces –qué ironía, ¿verdad?-. El personaje diserta sobre la basura porque está en el extranjero, y dice que todos los extranjeros lo hacen, pero a mí no hay quien me quite de la cabeza que esta triste persona seguía tirando los mismos tres o cuatro desperdicios cuando volvió a su Barcelona natal.

Quiero pensar que mi cabecita ha relacionado este pasaje con el asunto del que yo quería hablarles desde el principio porque se habrá percatado de que existe alguna conexión entre los dos temas en cuestión pero yo no acabo de ver dicha relación aún, lo lamento. Así que, sin más dilación, paso a contarles que, por estos lares germanos, la gente lleva consigo una bolsa (generalmente de tela) cuando va a hacer la compra. En los supermercados hay bolsas de plástico pero nadie las usa, de hecho no suelen estar muy al alcance de la caja en la que se cobran y se pagan los productos.

Estos pequeños contenedores de plástico cuestan diez céntimos, como en los Supermercados Día en España, y nadie está dispuesto a derrochar tanto dinero.

Creo que la conciencia social se tiene que despertar sutilmente, a nadie le gusta que le digan según qué cosas a las claras, sobre todo a los que vamos de concienciados por la vida, así que, sin detenerme a pensar en los fines que perseguían los que decidieron empezar a cobrar las bolsas de plástico en los comercios, me limito a agradecer el gesto. Era el empujón que necesitaba para decirme unas cuantas cosas bien dichas: consumes más de lo que necesitas y eso no está bien, Nata.

Me explico, caracoles: sucede que el otro día tuve una experiencia casi religiosa cuando fui al supermercado que hay al lado de casa, una de esas revelaciones que vienen con luz blanca y todo. Ahora que cuido mi alimentación (sin carencias ni excesos), cargué con todo lo necesario para las cenas y desayunos de los próximos siete u ocho días (generalmente como en el Kinderdorf, caracoles) y, cuál fue mi sorpresa, cuando vi que la persona que me precedía en la caja sacaba una especie de saquito muy bien doblado de su bolsillo para introducir la comida de gato, el azúcar y los bastoncillos que acababa de adquirir.

Lo primero que pasó por mi cabeza fue que “raritos”, los hay en todas partes pero, acto seguido, miré hacia atrás y me percaté de que el caballero que me seguía en la cola también llevaba un saquito de tela y la persona de detrás de él, tres cuartos de lo mismo. Interesante, dije para mis adentros.

Y, aunque nadie lo entendió, en un perfecto español dije para mis afueras “joder, pues claro, no necesitamos tantas bolsas de plástico”. Y tampoco necesito tanto yogurt y, si ya llevo fruta natural, ¿para qué voy a comprar dos litros de zumo? y así hasta que llegué a la conclusión que les dije: Consumo demasiado y eso no está bien. Pensado esto, en un imperfectísimo alemán, cedí mi puesto al caballero que estaba detrás de mí y fui a devolver unas cuantas cosas a las estanterías de las que nunca deberían haber salido.

Luego, una vez más, la mochila que siempre llevo colgada me sacó de un apuro. Curiosamente, todo lo del desayuno quedó en la parte de abajo (eran los envases más resistentes, caracoles) y las cenas, arriba, rozando la cremallera.

Y ahora que ya he terminado de decir lo que quería desde el principio vuelvo a preguntarme por qué una parte de mi cerebro se empeñó en hablar de Javier Marías y de ese personaje suyo que siempre llegaba a la misma conclusión: cuántas más raíces, más basura –qué ironía-.

En cualquier caso, conluyo esta entrada apagando mi cigarro mientras lo miro con cierta tristeza. Mis días de fumadora deben tener los días contados. Consumo demasiado y eso no está bien.

3 comentarios:

nata dijo...

Anda, miren lo que acabo de leer:

http://www.20minutos.es/noticia/413418/0/fin/bolsas/plastico/

GG dijo...

Existe un proyecto en España (si, si, en España) para hacer bolsas con el almidón de la patata. Yo voto por las asas, que luego las bolsas de papel-cartón americanas no deben ser muy cómodas ;)

nata dijo...

¡Con el almidón de la patata! Qué cosas