viernes, 12 de junio de 2009

De días libres

Hoy tengo el día libre y, ¿saben qué? Ayer también lo tuve. Dos días libres dos a la semana, todo un privilegio en el sector hostelero que, por otro lado, bien merecido tengo; a qué negarlo a estas alturas. Ayer estuve de bancos, trámites varios y bibliotecas y esta mañana he salido a pasear y a observar la actividad de ese lugar de La Mancha que es Ciudad Real. Ay, Me encanta sentirme desocupada y emplear el tiempo en perderlo, ustedes ya me entienden.

A fin de sobrellevar con buen rollito mi nuevo día a día, he de confesarles que me veo en la obligación de negociar largo y tendido con mi mente hasta encontrar la manera o, sencillamente, la mentira con la que convencerme de que, hasta en condiciones tan adversas para mi intelecto como son las actuales, no sólo puedo seguir siendo feliz, sino que además puedo seguir dándole quehacer a mi cerebro.

Antes de ir al trabajo, pongo a punto todo lo aprendido y observado acerca de las competencias y aptitudes sociales del individuo; una vez en el trabajo, intento registrar toda la información relacionada que mi ojo pueda abarcar a fin de, después del trabajo, echar más leña al fuego del comportamiento humano.

En los días libres, la cosa cambia. Algunas veces me veo trabajando en el que fue mi objetivo principal cuando decidí volver a Ciudad Real (desmitificar los lugares) y otras, me da por desarrollar el intelecto a palo seco y entonces me voy a leer al parque, al Rincón de Luna o a mi habitación. Esta mañana salí a pasear con la intención de estudiar un poquito de antropología y la excusa de hacer unas compras o viceversa, según se mire: con la intención de hacer unas compras y la excusa de estudiar un poquito de antropología.

Mi primera parada fue un bar. Quise saber qué se siente al ser un cliente engreído y desconsiderado, así que me senté en la barra y, sin esperar a que el camarero abriese la boca, le dije mirando a mi móvil: “cortado largo de café con leche templada. En vaso, no en taza”, así, sin darle los buenos días ni nada. Mi comportamiento me hizo sentir tan mal que hubiese llorado de no haber sido porque, al mismo tiempo, me alegró comprobar que la reacción del camarero en cuestión fue similar a la que suelo manifestar yo cuando me veo en la obligación de atender a clientes engreídos y desconsiderados: en mi café había más posos que café (he de confesar, eso sí, que yo no suelo ser tan descarada.

Llegué al centro de la ciudad. Hacía tiempo que no pasaba por allí y me decepcionó no encontrarme con una de esas carpas o escenarios que suelen colocarse en la Plaza Mayor con fines tan pintorescos como bizarros. Afortunadamente, la ligera decepción no impidió que yo siguiese con mi cometido. Me senté en el poyete de la fuente y me dispuse a fumar un cigarro para no levantar sospechas y seguir con el estudio de campo a mis anchas: Las terrazas estaban llenas y el tráfico tanto de salida como de entrada en las tiendas era más que elevado. ¿Crisis? ¿Dónde está la crisis? Ésa fue mi primera reflexión.

Joder, qué feo es el Ayuntamiento. Ésa fue la segunda reflexión.

La plaza estaba “abarrotá, abarrotá, abarrotá” y el sol empezaba a activar mis glándulas sudoríparas con cierta violencia, así que decidí volver a la biblioteca del Prado a pasar el rato. Ayer fui a sacar un libro de Pirandello que no logré encontrar en el estante que le fue asignado a su ingreso en la biblioteca y a comprobar que la película “La madre muerta” sigue prestada; esta mañana me paseé por todas las salas y vi a estudiantes neuróticos con tapones en los oídos, estudiantes revolucionarios que se sublevaban contra la ley de silencio que impera en toda biblioteca, jubilados en la hemeroteca, gente de todo tipo en la planta de cine y música y tres o cuatro transeúntes perdidos en la limitada y desordenada sala de libros. Y todo ello, como siempre, amenizado por la algarabía de bibliotecarios que comparten recetas de cocina o critican a sus compañeros del turno de tarde y se ofenden si les pides que bajen el tono.

En fin, ninguna aportación antropológica novedosa o siquiera relevante. Lo pasé realmente mal mientras actuaba como una clienta engreída y desconsiderada y acabé reconociendo para mis adentros que probablemente en alguna ocasión yo habré actuado de esa manera motu proprio (esto es, actué sin actuar), no tanto por desconsiderada como por despreocupada. Mal que me pese, me digo, es bastante frecuente que el sujeto olvide que lo que tiene enfrente es tan sujeto como él.

[Nota mental: esforzarme aún más por no olvidar que lo que tengo enfrente es tan sujeto como yo.]

En cuanto a la crisis, ahora caigo en la cuenta de que si bien las terrazas estaban tan llenas como el año pasado y las tiendas rebosaban clientela, de vuelta a casa vi cómo el número de padres que esperaba a que sonase la sirena del colegio era tan elevado que llamaba la atención de cualquiera, incluida yo, que no suelo prestar atención a la distinción sexual. ¿Ustedes lo han notado? Pasen por un colegio público a la hora de entrada o salida y ya me cuentan luego.

El hecho de que la tal crisis "se haya cebado" con el sector de la construcción (sector en el que el número de empleados es infinitamente superior al de empleadas) implica que hay más padres de familia en situación de desempleo que madres y por lo tanto la tarea de recoger a los niños a las puertas de la escuela ya no recae como solía recaer en la madre o en los abuelos cuyas hijas trabajan, ahora, a fuerza de desaceleración, ese tarea tiende a desempeñarla el padre en exclusividad. Curioso, ¿no les parece?

En lo que toca a la biblioteca, he decidido que tengo que pasar a la acción cuanto antes: Después de cuatro intentos de tomar prestada “La madre muerta”, mañana mismo pasaré a la acción y pediré que me la reserven a fin de poder visionarla cuando la devuelva el usuario que la está disfrutando en estos momentos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

y que ricos los helados de la heladería de la plaza (morán era?)... aquí son desaboridos..

Laurita.

el llamado perdido dijo...

¿Qué? ¿Que el ayuntamiento es feo?
Espero no haber sido yo el que en alguno de mis involuntarios actos vandálicos haya cambiado de sitio las pelis de la biblioteca. No, es broma. Ya me preocupo de prestar atención.
A ver si nos vemos pronto!

Un beso fuerte,
manu.

nata dijo...

Helados Morán, sí señora, muy buenos. A mí me pirra el yogurt granizado.

Perdido!! eso, eso, a ver si nos vemos pronto. Tenemos una celebración pendiente :)

Un abracico, artista!