lunes, 29 de junio de 2009

¿Qué no arreglará la paella de mi madre?

-Estás como ausente, Nata. ¿Te pasa algo?

-Ando sin tiempo para nada y estoy muy cansada. Los pies me duelen a rabiar.

-¿Y eso?

-No, nada. En disconformidad a lo acordado, esta semana tengo que recuperar los días que no trabajé la semana pasada. Por lo del curso, ya sabes.

-Ah, sí, por lo del curso.

-Sí, por lo del curso.

-Pues vaya… Pero sigues siendo feliz, ¿verdad?

-¡Anda! Pues claro que sigo siendo feliz. Eso no me lo quita nadie, mama.

-¿Cómo?

-Digo que la felicidad, como es interior, no me la quita nadie.

- Muy bien, hija, me alegro por ti. Yo también estoy muy contenta, ¿sabes? Bueno, ¿dónde hacemos la paella este fin de semana?

-Hace días que vengo dándole vueltas a una idea, ¿te la cuento?

-Dispara

-¡Mama!

- Perdona, mujer, es una forma de hablar. No me refería a que usases un arma ni a nada por el estilo… (Una cosa es pretender construir Un mundo mejor para los caracoles y otra muy distinta es revolucionar el inventario de modismos).

-¿Qué has dicho?

-Nada, era un paréntesis.

-Ah, vale. Bueno, seguimos: como ya sabes, en todos los destinos que hemos elegido para nuestras paellas ha existido siempre un punto de conexión o semejanza entre la situación de la población autóctona del lugar y nosotras…

-Más o menos, hija; me atrevería a decir que ha habido más menos que más, aunque creo que sé por dónde van tus tiros. Continúa.

-¡Mama! Lo has vuelto a hacer…

-Ay hija, perdona… (Joder, hoy está más tiquismiquis de lo normal)

-¿Qué has dicho?

- No, nada.

-Pues eso, mama, además de algún que otro aspecto semejante que siempre acaba eliminando la barrera “ellos/nostras”, otra característica que no suele fallar en nuestras paellas es la intención de llegar a cuantos más comensales, mejor.

-Cierto.

-Bien. Habida cuenta de que estos días y en contra de todo deseo, he adquirido cierta condición de empleada renegada y tú no te has pronunciado con otra posible paella de fin de semana, se me ha ocurrido que podíamos envasar generosas raciones de arroz en tupperwares y enviarlas a todos aquellos hogares en los que al menos un miembro sea empleado de algo o alguien.

-¿A todos los hogares de España?

-Del mundo, mama, del mundo. ¿Te imaginas? ¡Una paella para pringaos!

-No acabo de verle la gracia al asunto, Nata. En primer lugar, otro de los puntos fuertes de nuestras paellas es el jolgorio y en este macro envío que propones no hay lugar para guitarras ni bailes. En segundo, ¿crees que esos empleados entenderán nuestra solidaridad para con su situación?

-Lo de la fiesta es relativo. Sin ir más lejos, yo misma estoy experimentando por vez primera el desenfreno que acarrea la fiesta interior y privada, con decirte que ya apenas piso los bares te lo digo todo. En cuanto a lo segundo, es cierto que quizá los comensales estén un poco desconcertados al principio, pero yo confío en el poder casi mágico de tu arroz. En cualquier caso, había pensado que podríamos incluir una notita en el paquete:

“para ti que aguantas carros y carretas en el curro porque la pela ─dicen─ es la pela y de algo hay que vivir, este plato de paella de mi madre”.

Del resto, no me cabe la menor duda, se encargará tu arroz.


-No sé, Nata, no sé… ¿De qué se tiene que encargar nuestra paella exactamente? El trabajo es necesario, hija.

-Supongo que tu arroz tendrá la misión de ajustar la perspectiva del pringao de turno para que inserte la jornada laboral dentro del continuum sincrónico o diacrónico de su vida a fin de relativizarlo de la manera que más a gustito consigo mismo le haga sentir (cuestión de actitud, ya sabes). Un grano de tu arroz puede servir para sanar el honor y la dignidad que sólo un Jefe sabe agujerear (porque el trabajo no siempre dignifica, eso es cosa sabida) o puede que tu paella sea el empujoncito que anime a más de uno a romper el dichoso contrato, hacer las maletas y plantarse en uno de esos pueblos de repoblación que tanto se estilan ahora.

¿Quién sabe cuál es la misión de tu arroz, mama? Es algo impredecible. Lo único claro es que tu paella hace caracoles y eso es más que mucho, ¿no te parece?

- Exageras, pero no puedo negar que me encanta que lo hagas.

- Entonces, ¿hacemos el envío a domicilio?

- Venga, vamos a probar.

-Muy bien, pues mándame una ración doble a mí lo antes posible.

- Hija, estás empezando a preocuparme, ¿has tenido algún problema en el trabajo?

-No, qué va. Ando sin tiempo para nada y estoy muy cansada. Los pies me duelen a rabiar, sólo es eso.

- Pero sigues siendo feliz, ¿verdad?

-Pues claro, a ésa no me la quita nadie. Digo que la felicidad, como es interior, no me la quita nadie.

- En fin, enseguida te mando una doble ración.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

esta teoría de q todos los jefes son malos creo q no es la más acertada. ojalña tu no seas jefe y disfrutes d los obreros q tienen que disfrutar algunos..

Anónimo dijo...

Este bajón anímico es lógico en tu situación. Tienes un título universitario, sabes escribir y te interesa la cultura, pero sin embargo te ves obligada a ganarte la vida poniendo cañas.

Si estuvieras en Madrid, ni siquiera tendrías esa oportunidad, porque todos los puestos de camarero están copados por sudamericanos (para que luego digan que no quitan el trabajo a los españoles).

En España tenemos esta paradoja absurda de que todo el mundo estudia, por lo que hay excedentes de cupo de universitarios, lo que perjudica a la gente con verdadero espíritu universitario como eres tú y beneficia a quienes sin saber hacer la O con un canuto se sacan su título de cualquier manera y gracias a algún padrino se colocan en puestos de 3.000 euros al mes.

Si a esto del trabajo unimos las penalidades inherentes a la vida, que es aciaga y hostil, pues ya tenemos el cóctel formado.

Espero que encuentres tu camino, que valores tu juventud ahora que la tienes y que actualices el blog a diario, ¡caracoles!

Saludos,

Rod.

nata dijo...

No digo que todos los jefes sean malos, digo que son jefes y, por muy buenrollero que sea uno, la jerarquía está implícita y siempre se manifiesta de alguna manera. Por norma general, en perjuicio del empleado que, como bien dices, no necesariamente tiene que ser un santo.

Pues muchas gracias, Rod... Como siempre, será cuestión de cambiar la perspectiva.

Un saludo