viernes, 14 de marzo de 2008

Más de cien palabras

Hoy estoy sola en casa. Me he levantado, he hecho un café y me estoy fumando un cigarrito recordando la época en la que estar sola en el hogar paterno no era síntoma de dicha y satisfacción. Ni para mí ni para mis hermanos, que tenían que trazar verdaderos planes de estrategia para evitar hacer las veces de canguro conmigo hasta bien entrada la adolescencia.

El período más duro fue en sexto de primaria. Yo salía del cole a las 12.30; Ana, mi hermana, terminaba el instituto a las 14.20 y mi madre y mi hermano Raúl llegaban a casa a eso de las cuatro. En esa época sólo nosotros estábamos en casa durante la semana, fue la época en que a mi Raúl le entró la loca de vender ropa medio hippilla en los mercadillos de los pueblos de la Mancha.

¿Qué podía hacer una miedica como yo en esas dos horas de profunda soledad? Algunas veces me iba a casa de mi vecina, la Mari, a esperar religiosamente la llegada de mi hermana, otras retenía en el colegio a Silvana, compañera de pupitre, con cualquier juego como excusa o directamente me iba al parque de las señales a ver cómo mataban lagartijas el hijo de la Mari, Julianín, y sus amigos.

La culpa de todo la tienen mis cinco hermanos, sin excepción alguna que valga. Nunca estaban tan unidos como cuando se trataba de torturar la existencia de su indefensa hermana pequeña. El hombre del segundo piso, el del primero, el ratoncito Pérez que muerde, los debajo de la cama y detrás del armario y no sé cuántas cosas más hicieron que escenas tan sencillas y cotidianas como bajar la basura fueran un verdadero suplicio para mí.

Ahora bien, sin duda alguna, la que mejor se lo pasó modelando a esta pequeña criatura que ahora les escribe fue mi hermana. Ella nunca me asustó demasiado, ella sólo quería pasa un buen rato; entre otras motivos porque sabía que si me ponía a llorar era a ella, dos años mayor que yo, a la que le caería la regañiña de turno. Comprenderán que durante mi infancia fui la acusica número uno, ¿no?

El caso es que, como les digo, Ana me hacía creer cosas disparatadas que en más de una ocasión me hicieron ser el hazme reír de Julianín y sus amigos. Soy consciente de que tener por hermana a una niña cuyas dos actividades principales eran hablar o llorar no tuvo que ser muy llevadero y también soy consciente de que la imaginación de Ana no conoce límites.

La muy pendeja no tuvo otra que convencerme de que si decía más de 100 palabras al día me explotaría la cabeza. ¿se puede ser más mala? Por dios, apenas sabía contar en aquella época. Mi hermana me dijo que no se lo podía decir a nadie pero yo no supe guardar el secreto, no podía consentir que sólo ella y yo nos salvásemos, así que no tardé en ir a contárselo a mi madre. No sé si llegaron a castigar a mi hermana, Amelia en este tipo de asuntos siempre apostó por el diálogo, como Zapatero; pero sí recuerdo que yo estuve un tiempo con la mosca detrás de la oreja intentando decir todo lo que quería con las menos palabras posibles.

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Más de cien, más de mil. ¿Quién se va?

2 comentarios:

P. dijo...

Greetings from Michigan. ¿Te das cuenta de que haces literatura? No, no te des, sigue así. Me gusta el tono, y el respeto con que me (a mí, lector) tratas.

Anónimo dijo...

En cada ventana, en cada puente.

De un tajo.

Sonrisas pendientes.

Y risas, por dios!

Que da miedo del miedo que da.

Y tú conmigo.

abrazo

so.