viernes, 12 de diciembre de 2008

La velocidad de las cosas

La velocidad de las cosas es la velocidad de la memoria, no podría estar más de acuerdo con esta frase y, aunque la sentencia en cuestión se explica por sí sola, no me resisto a completarla con esta otra: “El tiempo no tiene dimensiones, se comprime y se expande a gusto del consumidor”. Consumidores de tiempo, también somos eso, ¿no?

Y qué cierto es lo de la velocidad de la memoria. Se acerca el 2009, caracoles. Es un tanto artificial hacer un balance de vida por algo tan externo a nosotros como la hoja de un calendario, o no, quizá no es tan artificial. Lo que está claro es que no es ni obligatorio ni necesario pero yo tengo la costumbre de darle un repaso a los trescientos y pico días vividos. Y como yo era puntual mucho antes de venir a Alemania, siempre he empezado mi balance de vida con una exagerada antelación para que el 31 de diciembre no me pille con la cabeza en bragas.

No soy nada partidaria de pasársela nadando en el pasado por aquello del equilibrio, ya saben. Sin embargo, tengo a bien consumir parte de mi tiempo presente en analizar el tiempo consumido en el pasado. Esta vez no hablo de necesidades extrañas, no se trata de nostalgia ni de melancolía, ni tan siquiera de saudade. No, no se trata de eso aunque, claro, algo de eso siempre hay. Me refiero a mirar hacia atrás para aprender(nos). Tan fundamental es posicionarse ante el presente como lo es posicionarse ante el pasado y todo ello con vistas a un futuro. Y, por dios, tampoco hablo de futuros laborales o vacaciones de verano, no vayan a malinterpretarme. Hablo de la esencia del individuo. Ella es la que debe posicionarse ante el presente y el pasado para continuar, modificar o proyectar el futuro. El futuro, el segundo que sigue a la lectura de este renglón.

Y saben qué, caracoles, apenas arrancados los motores de mi balance anual, me felicito por lo vivido este 2008. Podría haber sido de muchas maneras y también de ésta, claro. Y yo, tan contenta. Tan contenta porque no me felicito por haber hecho de una derrota la más resplandeciente de mis victorias o por haber perdido el miedo a decir que yo también escribo. Tampoco me felicito por México, Alemania o las paellas de mi madre. Me felicito por la actitud imprimida en todas esas cosas que he hecho y que han hecho que este año que podría haber sido de muchas maneras, haya sido de ésta.

Cuestión de actitud, caracoles.

No quería ponerme tonta porque, como les digo, esta entrada no quería ser de nostalgias y, sin embargo, ni puedo ni quiero evitar que los puntos se unan. Ahí está el gesto, caracoles, ese posicionamiento del que les hablo no se traduce en un control absoluto de la situación –eso sería muy aburrido y muy antihumano-. En el posicionamiento ante el presente y el pasado para proyectar un futuro también hay que tener en cuenta los puntos que se unen sin que el individuo en cuestión pueda hacer mucho al respecto. Quiero decir que en ese posicionarse hay que dejar un hueco para todas aquellas cosas que no tienen razón de ser y, sin embargo, son. Bajo mi punto de vista y de vida, posicionarse ante todo eso que se sale de nuestra voluntad racional y pasional es tan sencillo como no hacer ni un drama ni una comedia ante eso, ante todo eso que escapa de nuestras voluntades y nuestras altas y bajas pasiones. Cuestión de actitud, ya saben.

Que el sol no salga por donde quiera. En este asunto de soles y puntos que se unen o desunen a su antojo, a mi juicio, lo más saludable para el individuo es pensar que con su poder de convicción podría hacer que el sol saliese por el sur. Eso sí, el individuo también tiene que dejarse hacer y deshacer. Dejarse querer y desquerer y tiene que ser consciente de que, por mucho que piense, a veces el sol sale por donde le da la gana.

Y después de este texto que espero comprender algún día que, por supuesto, no es el de hoy, servidora se va a la cocina a preparar un calimocho para seguir consumiendo el viernes.

Les deseo un buen fin de semana, caracoles.

--
Se me olvidaba: "La velocidad de las cosas es la velocidad de la memoria". Así empieza la novela La velocidad de las cosas de Rodrigo Fresán, novela que estoy deseando leer (ejem). En cuanto a la segunda cita (
El tiempo no tiene dimensiones, se comprime y se expande a gusto del consumidor”), diría que es de Javier Marías o de Juan José Millás pero lo diría sin apostar ni un duro.

3 comentarios:

Sonia dijo...

Entendido su ejem. Corto y cambio.

Montse dijo...

Qué bien escribes, Nata!!! Dentro de poco estoy explicando en mis clases a la última de las filósofas españolas: Natalia Alarcón Mosquera.

Sabes una cosa? Eres muy orteguiana en cómo escribes y en lo que escribes. Has leído a Ortega, te lo recomiendo, más allá de los prejuicios, lee LA REBELIÓN DE LAS MASAS, te gustará. Un abrazo, Montse

nata dijo...

Cambio y corto. Me encanta que la comunicación sea efectiva :)

Montse, ¿dices que Ortega ya era un caracol? No he leído "La rebelión de las masas"(qué pereza lo de los comandos html de las narices, no me aclaro) pero me lo apunto.

Y, jo, muchas gracias. Exageras pero me encanta leerlo, no lo puedo negar :)