martes, 2 de diciembre de 2008

¿Por qué no hacemos que la primera parte de la segunda parte contratante sea la segunda parte de la primera parte?

“Conozco a muchos hombres del montón que siempre serán del montón porque nunca acaban lo que empiezan”, ¿qué les parece, caracoles? Yo he de reconocer que esta frasecita de mi profesor me ayudó considerablemente a salir del laberinto en su momento pero creo que ya no comulgo con ella.

Parece recién sacada de un libro de moral católica, ¿verdad? Bien podría pasar por uno de esos preceptos con los que cristianos, protestantes o evangelistas reprimen sus deseos terrenales en busca de una recompensa divina. Te mueres del asco en esa puta oficina pero, ay amigo, has firmado un contrato ─has dado tu palabra─ y ahora tienes que apechugar con las consecuencias.

Todo bien con ser consecuentes en esta vida, no obstante, a santo de qué nos tenemos que condenar a nuestras decisiones del pasado: podemos equivocarnos y podemos encontrarnos con que la otra parte del contrato no cumple con su cometido. Ante la primera opción, podemos rectificar en la medida de lo posible y ante la segunda, seguro que ustedes también han sido testigos de que alguna vez "la parte contratante de la primera parte no es considerada como la parte contratante de la primera parte" y qué podemos hacer entonces, caracoles: romper el contrato, está claro.

Desde que soy un caracol es la primera vez que no consigo hacerme un hueco en el entorno que me rodea. Hasta la fecha sólo he tenido que ajustar los desajustes que había dentro de mí para poder adaptarme al medio (sin perder ni mi norte ni mi esencia, claro) y, como les digo, es ésta la primera vez que el medio opone resistencia e impide mi adaptación a pesar de que creo tener casi todos los ajustes internos ajustados.

El programa de Voluntariado Europeo no está cumpliendo su parte del contrato y el kinderdorf, tampoco: no vivo en una ciudad pequeña pero accesible con posibilidad para viajar, vivo en un pueblo con cuatro calles y una parada de autobús cuyos horarios han sido establecidos con muy mala leche y tampoco hay rastro del hueco para desarrollar la creatividad con los chavales con los que trabajo. Ellos no están cumpliendo su parte del contrato.

A nivel personal, he llegado a pensar que quizá ha sido un error firmar para vivir durante un año en un país que me ha obligado a comprar el primer bote de crema hidratante de mi vida para descuartear mi cuarteada piel. Vine aquí por dos motivos, principalmente: desfilologizarme y trabajar con niños prescindiendo lenguaje. Y no es que yo me haya desentendido de mis objetivos, es que no me dejan ponerlos en práctica.

Cambiar la perspectiva o cambiar el paisaje, ésa era mi duda cuando les dije que andaba buscando un plan B mientras no paraba de pensar en la simultaneidad: estoy bien aquí, pero podría estar mejor o peor en cualquier otro sitio. Les cuento que he decidido cambiar la perspectiva. Compré un billete de ida y vuelta para cumplir con la promesa familiar pasando la carnavalesca Navidad con los Alarcón Mosquera y me rondaba la idea de utilizar sólo la ida, pero ya no me ronda. Eso sí, les puedo asegurar que no volveré por no ser uno de esos hombres del montón no acabando lo que empecé porque,jo, la parte contratante ni tan siquiera me dejó empezar.

Cambio la perspectiva y busco otros objetivos entre mis mangas (que no sea por falta de objetivos, me digo…) y, básicamente, lo que consigo es modificar las motivaciones originales. Me sumo a su juego y le hago un gesto a Marvin para que quite los codos de la mesa mientras come o miro los zapatos de Marie con cara de reprimenda para que, rauda y veloz, los cambie por las zapatillas de estar por casa y aprovecho los ratos en los que mis compañeros se escaquean de sus obligaciones para hacer uso de la creatividad cuando me quedo sola con los chavales.

Con tanto pensar en la simultaneidad, no me había percatado de que la situación de comunicación en la que me hallo inmersa actualmente también tiene su encanto. Ahora que mi nivel de alemán es comparable al de inglés (lo cual, dicho sea de paso, tampoco es mucho decir), me satisface mantener una conversación sobre religión y exponer mi punto de vista con cinco frasecitas que, si bien brillan por la ausencia de preposiciones, son lo suficientemente claras como para que mi interlocutor sepa por dónde van mis tiros.

Desfilologizarse, qué barbaridad… con lo que me gustan a mí las palabras.

Y ahora me atrevo a puntualizar la sentencia de mi ilustre profesor: serán personas del montón todas aquellas que no se molesten en querer saber el motivo profundo de los actos que deciden empezar, acabar o modificar. He dicho.

4 comentarios:

Srta Quincampoix dijo...

a mí no me gusta dejar a medio las cosas que empiezo.
Pero si decido dejarlas sin terminar, no tardo ni 15 segundos en encontrar 2 millones de razones auto-convincentes para dejar de hacerlo sin sentirme mal.

Es una buena estrategia.

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Los fantasmas del pasado se alían con los fantasmas del presente. Qué horror.

cohete dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=RGJpezdTrH8

agnóstico apático dijo...

Tiene sentido acabar la partida si te has comprometido a jugarla, pero si cambian las reglas de juego, la cosa cambia... ¿Te veremos pronto?

nata dijo...

agnóstico! Me veréis dentro de na y espero que me hagáis huecos en vuestras agendas :) El 18 de diciembre aterrizo en territorio español, estamos en contacto!

Y sí, si cambian las reglas de juego, la cosa cambia... y cambia mucho, jeje