lunes, 11 de mayo de 2009

Chica, una de mero

Si alguien me hubiese dicho que en el algún futuro futurible volvería a trabajar como camarera, me habría atrevido escupirle en la cara: eso no lo digas ni en broma, chaval. Dios, Amelia y mi antiguo jefe fueron testigos de la promesa de no volver a trabajar en hostelería. Pero todo eso lo dije antes de ser un caracol y ahora que vuelvo a abrir coca colas detrás de una barra, me enfrento a la labor de satisfacer a clientes hambrientos, sedientos, maleducados, caraduras, graciosillos, simpáticos, tiquismiquis, buenrolleros y despreciables como si de la aventura más apasionante se tratase.

En realidad lo que yo quería decir cuando dije que nunca más volvería a trabajar en hostelería era que preferiría (y sigo prefiriendo) morir de hambre a volver a ser camarera en “El edén” que, para los empleados, no es ningún paraíso. Créanme. Mi antiguo jefe, Carmelo, es lo que se viene conociendo como un capullo integral sin principios ni inquietud alguna que no esté relacionada con su economía personal. Y es que mi estancia en su bar dejó alguna que otra secuela hoy sin importancia en mi persona y también me generó cierto rechazo para con la hostelería.

Sin embargo, como les digo, llevo una semana volviendo a trabajar como camarera y hasta hoy no me he acordado de Carmelo y de su Edén y tampoco pensé en él mientras dejaba curriculums a diestro y siniestro en todas aquellas empresas que pudiesen facilitarme un empleo temporal a jornada completa que, por motivos tan obvios que no vienen al caso, era mi objetivo más inmediato.

Así que, desde hace una semana, trabajo en la cervecería “El tragón”: ¡Pasen y vean cómo pongo cañas con más espuma que cerveza! Hoy tuvo lugar un acontecimiento que me hizo reflexionar sobre lo que hasta esta mañana pensaba había sido el único buen truquito que mi antiguo jefe me había regalado. Lo único que aprendí de ese impresentable fue que, cuando dos clientes juegan a ver quién es mejor persona y pretenden pagar la misma cuenta, el camarero ha de actuar con más rapidez de la habitual:

-Ésta la pago yo.

-De eso ni hablar, Luis, pago yo.

-Que no, hombre, que pago yo. Chica, ¿cuánto se debe?

-Hay que ver cómo eres. Voy a pagar yo te pongas como te pongas. Toma, anda, cóbrate.

Ante esa conversación que puede llegar a no tener fin, Carmelo decía que el camarero nunca ha de entrar en semejante parafernalia. El camarero ha de coger el primer billete que salga de una billetera o, en el caso de que los dos billetes salgan a la vez, agarrar el billete más pequeño. Nada de gilipolleces, Natalia. No les sigas el juego o te meterás en un buen lío.

Les sorprendería saber la de veces que se repite esa escena en un bar al cabo de un día. Muchas. Muchísimas. Pero la de esta mañana a eso de las doce, se lleva la palma. La de esta mañana ha sido la escena entre las escenas. Me han dado ganas de entregarles dos alitas de pollo a modo de Oscar y todo; con decirles eso, se lo digo todo.

De poco me han servido los sabios consejos de mi antiguo jefe, ay. Eran dos. Uno llevaba un polo amarillo y el otro, una horrorosa camisa de cuadros azules, marrones y blancos. El uno ha sacado un billete de diez; el otro, de veinte. Los dos han echado mano a sus carteras a la vez y, cuando he querido darme cuenta, sendos billetes estaban tendidos en la barra. He cogido el de diez y me he dirigido a la caja. Una voz me ha alertado y he vuelto sobre mis pasos:

- Chica, te estoy hablando a ti.

Era el de cuadros azules, marrones y blancos. En sus ojos he podido leer que bajo ningún concepto estaba dispuesto a consentir que su compañero pagase la cuenta. Su compañero tampoco tenía intención de dar marcha atrás de puertas para fuera. De puertas para dentro, los dos se morían de ganas por que pagase el otro. Y el bar hasta arriba, caracoles.

-Sólo son 2, 20 euros. Si no os importa, me lo cobro de aquí y ya os apañáis vosotros. Ganó o perdió el del polo amarillo, el del billete más pequeño.
Después de pensar en Carmelo pensé en Alemania en general y no en Janet y Katharina en particular. Pensé en lo afortunados que deben ser los camareros germanos, que también tendrán que lidiar con clientes hambrientos, sedientos, maleducados, caraduras, graciosillos, simpáticos, tiquismiquis, buenrolleros y despreciables; pero rara vez rara vez contemplan espectáculos tan patéticos como el que estamos tratando en este post.

En cafeterías, bocaterías y restaurantes cada uno paga lo suyo y sanseacabó. El “yo te invito” no se incluye dentro del manual del decoro y las pruebas de amistad y compañerismo se relegan a otros aspectos que quizá sean igual de miserables que éste, no seré yo quien lo niegue.

-Ésta la pago yo.

-De eso ni hablar, Luis, pago yo

-Que no, hombre, que pago yo. Chica, ¿cuánto se debe?

-Hay que ver cómo eres. Voy a pagar yo te pongas como te pongas. Toma, anda, cóbrate.

Seguro que hay otras premisas dentro del manual del decoro social y de las pruebas de amistad y compañerismo en el código germano que son igual de estúpidas que ésta, ¿no?

En fin , caracoles, y ustedes, ¿qué tipo de clientes son?

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues no sé qué tipo de cliente soy. Pero soy de las que llevan los vasos vacíos a la barra, la que se levanta a pedir una "pajita" para el zumo de mi hija y no hago darle un paseo inútil al camarero; la que espera pacientemente y sin perder la sonrisa a que el camarero de turno se "desagobie" de clientes pesados que se eternizan porque quieren pagar los dos la cuenta. Soy de las que me tomo el café con leche cuando lo he pedido solo porque pienso que se habrá liado; soy de las que digo "disculpe" o "perdone" cuando interrumpo un servicio del camarero si no me queda más remedio... Soy de las que digo "gracias a ti" cuando salgo por la puerta.
Claro, que tantos años en el Obélix (tu Tragón actual) algo me enseñaron...
P.D.: También soy de las que no dejo correr a mi hija por los restaurantes. No hay sonido más escandaloso que el de una bandeja llena de vasos y platos caer al suelo por culpa de los "diablillos" que no saben estar sentados (o de los padres que no les enseñan a estar sentados).
Besos hamburgueseros y, por cierto, lo de tirar cañas se perfecciona con el tiempo (y una noche de pandorga currando). ¡Je, je!

Bea.

nata dijo...

Pues ya te digo yo qué tipo de cliente eres, Bea: eres de esos a los que, en un momento de tensión y partido de fútbol, dan ganas de abrazar.

Yo, a los clientes como tú, les miro a los ojos diciendo sin decir: muchas gracias por su comprensión. Y a veces hasta se me escapa una lágrima de la emoción y todo.

Es más, fíjate en lo que te digo, por ese tipo de cliente yo puedo llegar a jugarme el puesto de trabajo invitándole a unas patatuelas, ¿cómo se te queda el cuerpo?

Bea, visite nuestro bar!

nata dijo...

Pues ya te digo yo qué tipo de cliente eres, Bea: eres de esos a los que, en un momento de tensión y partido de fútbol, dan ganas de abrazar.

Yo, a los clientes como tú, les miro a los ojos diciendo sin decir: muchas gracias por su comprensión. Y a veces hasta se me escapa una lágrima de la emoción y todo.

Es más, fíjate en lo que te digo, por ese tipo de cliente yo puedo llegar a jugarme el puesto de trabajo invitándole a unas patatuelas, ¿cómo se te queda el cuerpo?

Bea, visite nuestro bar!

ottoreuss dijo...

Lo siento, yo soy de los que despedazan las servilletas en trocitos minúsculos xDDD

P.D.: Hola Bea!!!!

Anónimo dijo...

Hola, Carlos:

Pues no veas lo que jode tener que barrerlos...

P.D.: Aeropuerto en Toledo ya!
jejeje

Montse dijo...

No sé qué tipo de cliente soy, o sí lo soy pero no me apetece pensarlo y menos escribirlo. Lo que quería decirte es que escribes bien aunque sea de algo insignificante, Nata tú prometes.

Y otra cosa, lo de los alemanes me parece lo mejor, aquí siempre con nuestras hipocresías, la gente dice invito y está deseando no hacerlo. Además, cuentan a este le invité tal día así que ahora le toca a él, él pidió un vaso de agua cuando pagaba él y ahora que pago yo ha pedido Chivas. En fin, que pasar estar así, mejor cada uno paga lo suyo y come lo que quiere y cuando quiere. No iba a ser todo malo en Alemania, no?

Un abrazo, empiezas a ser mi escritora favorita, en la próxima encuesta que me hagan y me digan (como hace unos días) qué es lo último que has leído y te ha gustado, diré: El blog de Nata una futura promesa de la literatura.

Montse

Anónimo dijo...

a mí me pasa como a otto...y si hay palillos me tienen que atar las manos...te sorprenderías la de utilidades raras que soy capaz de darle a esos artilugios...:p

nata dijo...

¡palillos y servilletas! No tenéis corazón. Bea ha de ser vuestro ejemplo a seguir, chicos :)

Ay Montse, no me digas esas cosas. Gracias! Un abrazo